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Biel Majoral: “He querido saber la verdad, aunque me doliera“

Biel Majoral | M. À. Cañellas

| Algaida, Mallorca |

Le ha encanecido el pelo, pero su mirada no ha perdido ni un ápice de firmeza. Es vehemente y consecuente. Biel Majoral (Algaida, 1950) se licenció en filología catalana (UB, 1975) y es payés, maestro de maestros de escuela, cantautor y referente cívico de varias generaciones. Coincidiendo con la Revolución del Clavel presentará en Lisboa sus Cançons Combatives.
El concierto de Lisboa ha sido organizado por el Institut d'Estudis Baleàrics. Me comenta: Biel Majoral.- Los del Institut me dijeron que podía cantar lo que quisiera. Y yo le cantaré al 25 de abril por partida doble. Para celebrar la Revolución del Clavel y para recordar la Batalla de Almansa, que tuvo lugar el mismo día. Lo de los portugueses fue en 1974, y lo de los catalanes en 1707.
Llorenç Capellà.- ¿Y si le digo que una parte de nuestros lectores no recuerdan qué pasó en Almansa...?
B.M.- Le creeré, porque una de las obsesiones de los vencedores pasa por privar de la memoria a los vencidos. Y nosotros fuimos vencidos. En Almansa, las tropas castellanas de Felipe de Anjou derrotaron a las catalanas de Carlos de Austria, lo que supuso que Castilla ocupara València por derecho de conquista. En el concierto me acompañarán los Germans Martorell. E interpretaremos la Muixeranga. No será un concierto de folklore tradicional, sino de canciones impregnadas de espíritu reivindicativo.
L.C.- La aspirante conservadora a la presidencia del Consell de Mallorca, María Salom, afirma, en su programa electoral, que procurará potenciar, entre los escolares, el mallorquín de las rondalles.
B.M.- ¿Y por qué no se aprende alguna rondalla, y la recita a sus amistades de Madrid...? Yo le recomiendo una plenamente actual: En Gostí Lladre.
L.C.- ¿Bromea...?
B.M.- Dígale sarcasmo. El hecho de insistir constantemente, como hace el Partido Popular, en la manipulación lingüística, pone de manifiesto su obsesión por romper la potencialidad de nuestra cultura.
L.C.- Se lo recuerdo: el presidente del Foment de Turisme afirmó que los turistas nos quieren, a los mallorquines, más alegres.
B.M.- Entonces, complazcámosles. Pero todos a la vez no será posible. Así que mientras la mitad de la población sonríe, la otra mitad le hace cosquillas. ¡Eso es! ¿Sabe qué le digo...? Que todas estas amenazas o artimañas o maniobras, son algo esperpéntico, grosero y triste.
L.C.- ¿Hasta cuándo van a durar...?
B.M.- Hasta que la sociedad civil se convierta en el auténtico motor de la vida pública. Semanas atrás participé en un acto cultural en Alfés, un pueblo próximo a Lleida. Y aquellas gentes me maravillaron. Piensan por sí mismas. ¡Y pasan de las directrices de las instituciones...! Son como son. O como quieren ser. No puede acercárseles una María Salom, como se acerca a nosotros para decirnos que a partir de ahora hemos de hablar a gritos y blasfemar... Oiga ¿Y por qué no le sugerimos al presidente del Foment que podemos blasfemar para diversión de los turistas...?
L.C.- Jordi Pujol y Artur Mas votaron en la consulta independentista del pasado domingo en Barcelona...
B.M.- Porque saben que en Catalunya se ha generado un movimiento cívico muy potente a favor de la independencia. Y que, dígase lo que se diga desde Madrid, es imparable.
L.C.- De acuerdo. Pero Pujol y Mas votaron antes del domingo, sin fotógrafos ni cámaras que levantaran acta de su votación.
B.M.- ¿Quiere suponer que eludieron la responsabilidad...?
L.C.- Quiero decir que antecesores suyos, como Macià o Companys, jamás hicieron uso de un doble lenguaje.
B.M.- Es cierto. Macià en el treinta y uno y Companys, en el treinta y cuatro, supieron dar la cara. Y fíjese: Macià, el político más querido de Catalunya, fue militar y hubo un tiempo en que se sintió español. ¿Y qué más da si era honesto...? Daré mi voto a alguien que me mire de frente antes que a cualquier falsario que confunda el catalanismo con una secta de confesionario.
L.C.- Vamos a ver...
B.M.- Seré más claro. El PSOE jamás será mi partido. Pero Antich es un político de una honestidad y de una conducta intachable. No es frailuno. Ni cínico. Y le diré algo más: el cinismo no tenía cabida en el carácter de los mallorquines, pero lo hemos incorporado con un éxito evidente.
L.C.- ¿Cuántos años lleva actuando en público?
B.M.- Una infinidad. Me subí por primera vez a un escenario en el setenta y cuatro, en s'Alqueria Blanca, y no pude acabar la segunda canción, La mort de na Margalida. No obstante el público, en vez de abuchearme, me animó. Y la reinicié.
L.C.- ¿Y consiguió cantarla entera...?
B.M.- Esta vez, sí. Y sin el apoyo de la gente igual hubiera sido debut y retirada, lo que hubiera supuesto mi fracaso personal y definitivo. Porque ya me había dado cuenta de la fuerza expresiva de las canciones tradicionales, no solo por el bagaje cultural que llevaban implícito, sino por el emotivo. A través de las canciones podía divulgar unos hechos y unos sentimientos que no tenían cabida en la historia oficial. Y sigo pensando lo mismo. En casi cuarenta años, continuo fiel a los principios ideológicos y éticos de mis primeros conciertos.
L.C.-...
B.M.- Además, tuve la suerte de tener grandes maestros. Me refiero a Biel Caragol, a Biel des Cantó, al tío Gori de la Serra... ¡Lo que aprendí a su lado...! Cantaban porque eran maestros de la vida ¿comprende...? Vivían como cantaban y cantaban como vivían. Además...
L.C.- ¿Qué...?
B.M.- A través de sus canciones descubrí historias no muy lejanas que me afectaban personalmente y que tan solo había intuido. Fue muy duro, pero conseguí reorientar mi vida.
L.C.- No acabo de entenderle...

“En una de aquellas canciones se hacía referencia a mi padre. Y a lo que pasó en el treinta y seis. Entonces le pregunté cuál era su responsabilidad en la represión, porque él era de derechas...”

B.M.- En una de aquellas canciones se hacía referencia a mi padre. Y a lo que pasó en el treinta y seis. Entonces le pregunté cuál era su responsabilidad en la represión, porque él era de derechas...
L.C.- ¿No podía guardarse la pregunta?
B.M.- No. Al menos, después de tantos años, no me arrepiento de haber actuado como actué. Si busco conocer lo que pasó, sin mentiras ni medias verdades, no he de esconder la parte que afecta a mi familia. Los hay que se las dan de progresistas y niegan la biografía de sus padres, aunque esté manchada de sangre inocente. Y ahí se equivocan, porque la gente sencilla, la que ha sufrido en silencio, jamás les perdonará el engaño. Yo no he mirado hacia otro lado. He querido saber la verdad, aunque la verdad me doliera. Y he tenido premio. Cuando en el cementerio de Algaida se hizo un homenaje a los asesinados por el fascismo, los propios hijos de las víctimas vinieron a casa para invitarme personalmente.
L.C.- Lo agradeció, supongo.
B.M.- Tanto que jamás lo olvidaré. Estas son mis medallas. He procurado afrontar la vida con honestidad y la gente me lo paga con afecto. Porque la gente huye de los hipócritas, sean de izquierdas o de derechas. Al fin y al cabo, falsos y sectarios los hay en todas los partidos.
L.C.- El hecho de que en cuarenta años continúe con las reivindicaciones de siempre ¿significa que el país no se ha movido de donde estaba?
B.M.- Moverse, se ha movido. Pero no ha obtenido los márgenes de libertad que necesita para sentirse libre. Y ello es responsabilidad de la clase política. No necesitamos gestores, y los políticos actuales lo son, sino personas que nos hagan avanzar en relación a las aspiraciones que plantea la gente que representa la conciencia del país. A mí no me vale que me digan que si las mayorías quieren piscinas, pues les damos piscinas. Un político debe ser otra cosa.
L.C.- Bauzà ha dicho que si Francisco Camps viviera en las Illes Balears, lo hubiera propuesto para encabezar la candidatura conservadora al Govern.
B.M.- Natural. ¿Para qué iba a marginarlo si Rajoy no lo ha hecho...? Yo lo tengo claro: para saber a quién votar hay que acudir al abecedario.
L.C.- ¿Al abecedario...?
B.M.- Recítelo.
L.C.- A, B...
B.M.- No siga. Ahí tiene la clave de nuestro futuro. A o B, Antich o Bauzà. Y Antich, en estos momentos, es el único político que puede evitar que se derogue el Decret de Mínims.
L.C.- El voto es secreto. Usted es de una sinceridad apabullante.
B.M.- Tengo la obligación de serlo. El Partido Popular ya nos ha hecho saber que piensa entrar a saco en la enseñanza. Y ahí puede hacernos mucho daño. La involución lingüística y cultural sería casi irreparable.
L.C.- ¿Casi...?
B.M.- Solo casi, porque somos un pueblo con una capacidad de recuperación inimaginable. Nos hacen caer y no importa: volvemos a levantarnos.
L.C.- ¿Seguro...?
B.M.- Segurísimo. Y, además, no olvidamos. El lenguaje es un fiel reflejo del carácter de los pueblos. Nuestro començam de bell nou, equivale al 'borrón y cuenta nueva' de los castellanos.
L.C.- ¿Y...?
B.M.- Nosotros no borramos nada de la memoria. Almacenamos las vivencias. Y aprendemos de las caídas.
Años atrás, Joan Manuel Serrat cenaba en casa de Biel Majoral, en Algaida, y en la tertulia subsiguiente surgió el nombre de Andreu Trobat, uno de los mejores ciclistas que ha dado Mallorca. Serrat sabía que era algaidí, y Majoral le comunicó que vivía muy cerca de donde estaban. Entonces Serrat no pudo disimular sus vivos deseos de conocerle. Deseaba tenerlo delante, en carne y hueso, ya que era uno de los ídolos de su infancia de posguerra, como también lo fueron los cinco delanteros del Barça cuyos nombres recita en Temps era temps. Ya saben: Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón. Pero el encuentro de Serrat y Trobat no se produjo, ya que el corredor no se hallaba en casa y sus familiares no pudieron localizarle. Lamentablemente ya no habrá una segunda oportunidad, porque Trobat murió hace unas pocas semanas. Fue mucho más que un gran ciclista. Para Serrat, Trobat es uno de sus cromos o un nombre en los titulares de la prensa deportiva. Un hueco, en definitiva, en la memoria sentimental de la infancia. Para Majoral, se hallaba en sintonía con los maestros de la vida que cita en la entrevista: los Biel Caragol, Biel des Cantó o el tío Gori de la Serra. Trobat era, para Majoral, un vecino dotado de una cultura casi genética, lo que le identificaba -al igual que a Antoni, su hermano- con una forma colectiva de ser y de sentir basada en la ética del sentido común y de la convivencia.

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