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Cayetana de Alba, adelantada a su tiempo

| Sevilla |

Con Cayetana de Alba se va el símbolo de cómo entender la vida, la nobleza, el señorío y, al mismo tiempo, cómo relacionarse con el ciudadano de a pie sin perder la compostura, esgrimiendo tan solo una máxima: «vive y deja vivir».

Genio y figura de una manera de existir, intentando acompasar el deber a sus convicciones, sin hacer daño a nadie, y persiguiendo exprimir cada segundo.

Una mujer adelantada a su tiempo que, en una entrevista con Efe, con motivo de la publicación de su libro «Lo que la vida me ha enseñado» (2013), reconocía que había querido vivir su vida «sin molestar ni fastidiar a nadie», aunque aseguraba, pese a lo que muchos pudieran pensar, que también se había puesto «límites».

Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, hija única de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó y de María del Rosario de Silva, ostentaba casi cincuenta títulos nobiliarios, veinte de ellos con Grandeza de España.

Tras el fallecimiento de su madre, su padre fue su referente, el bastión al que agarrarse en los momentos difíciles y ante el que se rebelaba cuando quería imponer sus deseos y su libertad.

Cuando él fallece, Cayetana Fitz-James Stuart, ahijada de Alfonso XIII, se convierte en la XVIII duquesa de Alba. Mantener y conservar el patrimonio de la Casa de Alba le supuso años de mucho trabajo y esfuerzo.

Una tarea a la en la que puso todo su empeño su segundo esposo, Jesús Aguirre, y a la que se sumaron sus hijos, en especial el heredero del título y primogénito, Carlos, duque de Huéscar.

Patrimonio

Un patrimonio valorado en 3.000 millones de euros, según la revista Forbes, y en el que se incluyen palacios, castillos,cortijos, olivares, terrenos agrícolas, valores bursátiles, obras de arte y joyas, además de títulos nobiliarios, algunos de ellos donado a sus hijos, tres meses antes de su enlace con Alfonso Díez.

A pesar de que Díez, antes de contraer matrimonio, firmó unas capitulaciones en la que renunciaba a cualquier título, derecho u honores que le pudiera corresponder fruto de su matrimonio, sus hijos no estaban convencidos de la oportunidad del matrimonio.

Para evitar temores y disputas, Cayetana de Alba tomo la determinación de donar a sus hijos gran parte de su patrimonio en vida.

Se acordó que la Fundación Casa de Alba pasase al primogénito y heredero, Carlos Fitz-James Stuart, que tendrá la obligación y responsabilidad de preservar el legado histórico.

El extraordinario patrimonio atesorado por los Alba se remonta al siglo XV, cuando comenzaron a formar parte de la historia de España gracias a las buenas relaciones y los servicios prestados de los duques de Alba a la corona española.

«Mi madre ha sido la principal impulsora de todas las iniciativas encaminadas a conservar el patrimonio, bien secundada por mi padre mientras vivió, y después por su segundo marido, Jesús Aguirre», explicaba en una entrevista a EFE Carlos Fitz-James Stuart, hoy XIX duque de Alba.

Entres sus tesoros, se encuentra el Palacio de Liria, residencia madrileña de la duquesa, que alberga más de 30.000 libros en una biblioteca en la que se encuentra la famosa «Biblia de Alba», de 1433, primera traducida al castellano, así como documentos autógrafos de Cristóbal Colón, cartas de los Reyes Católicos o los testamentos de Fernando el Católico y Felipe II.

Monárquica y defensora a ultranza de la Corona, feliz con la llegada al trono de Felipe VI, y amiga de don Juan Carlos y doña Sofía, con los que mantenía «una excelente relación», según explicó a EFE durante una entrevista.

«La monarquía -decía entonces- es fundamental para la continuidad de España como nación».

Nunca ocultó que el amor era muy importante, y se confesaba «mejor esposa que madre». Su enlace con Luis Martínez de Irujo, padre de sus seis hijos, fue un acontecimiento social para la época.

Tras el fallecimiento de su primer esposo contrajo matrimonio con el ex jesuita Jesús Aguirre, una boda que removió los cimientos de la alta sociedad de la época por sus atrevidos posados fotográficos y no menos atrevidas declaraciones, que marcaron una nueva etapa en su vida.

Con un resolutivo «el que la sigue la consigue», la duquesa celebró su enlace con su tercer esposo, Alfonso Díez. Un rotundo «mereció la pena», daba cuenta de su gozo por el éxito.

«Siempre he conseguido todo lo que me he propuesto, a base de luchar y pelear por ello», decía la duquesa, tan popular que fue en numerosas ocasiones «personaje» de revistas y programas del corazón e imitada por los humoristas.

Alguna de sus mayores tristezas tuvieron que ver con los separaciones de sus hijos porque católica y firme defensora del matrimonio, no estaba a favor del divorcio.

Cayetana de Alba, que jugó en su infancia con la reina Isabel II de Inglaterra, conversó con Churchill, Onassis o los Kennedy, e invitó a su casa a Sofía Loren, Claudia Cardinale o Audrey Hepburn, estuvo siempre encantada del cariño que despertaba entre la gente, especialmente en Sevilla, donde se sentía «casi venerada».

Vivió y creció con intensidad como si no hubiera un mañana, disfrutando siempre de la vida. En una entrevista hace un año confesaba sus «enormes» ganas de vivir. «Todo lo que hago me da vida», afirmaba.

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