Desde el mes pasado, las iguanas de todo el mundo dejaron de sonreír. Esa partida entre canallas que es la vida había acabado de manera inesperada, cuando mejor pintaba la fiesta: 2021, mazazo en forma de diagnóstico cruel. Pedro Andreu se moría por vivir y así lo cantaba. Pero el ángel hembra que a veces lo visitaba había tenido la pésima idea de vestirse con los ropajes sucios de la esclerosis lateral amiotrófica. Los alquileres y las neveras americanas se pusieron tristes, las ciudades se estremecieron de frío y todos contuvimos la respiración y nos sentamos a esperar ese milagro que al final no se produjo. Ahora toca arrepentirse de no haber sabido estar más cerca, toca despreciar estas palabras finales tan insignificantes, tan insuficientes. Pedro Andreu tenía 46 años cuando nos dejó y un corazón enorme. No lo digo por decir, tengo pruebas. Se fue, pero él sí supo besar a esa cherokee loca que nos altera la sangre, que tenía la costumbre de correr por sus versos. Ahora, las iguanas de todo el mundo andan cabizbajas, huérfanas. Nadie sabe cantar como Pedro Andreu.
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