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Pandemia de coronavirus

El rastreo se ha multiplicado por siete en un mes y ya no pueden vigilar a los confinados

La central COVID de Mallorca ha cambiado por completo su forma de trabajar para afrontar la ola «más bestia que hemos tenido»

Unas 220 personas trabajan ahora en la central, que cuenta con la ayuda del Ejército. | Teresa Ayuga

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«Esta es la ola más bestia que hemos tenido nunca, es la más grande de todas y eso que pensábamos que la vacunación lo pararía». Llucia Moreno es coordinadora de la central COVID de Atención Primaria de Mallorca y ha visto con asombro como en menos de un mes la Isla ha pasado a tener el virus a raya siendo un destino seguro, a descontrolar la situación como nunca se había visto.

¿Cómo ha afectado este crecimiento exponencial de casos al rastreo de contactos estrechos? En apenas un mes su trabajo se ha multiplicado por siete. «La semana del 21 de junio todo explotó. Teníamos una media de 70 casos y se triplicó en siete días. Y después seguimos. Ahora estamos en 621 positivos de media al día», confesaba antes de conocer los 864 contagios de este viernes.

En la Central COVID de Palma se rastrean los contactos estrechos de los casos positivos. Antes de este nuevo repunte, se intentaba alcanzar la excelencia. Se dedicaban entre 30 y 40 minutos a hablar con cada positivo para buscar entre sus allegados, indagando incluso hasta 14 días antes de presentar síntomas. La situación sobrevenida les ha obligado a cambiar la metodología de trabajo y ahora «la primera llamada dura una media de 7,15 minutos, son telegráficas», lamenta Moreno.

En estas conversaciones se avisa del resultado positivo, se pregunta por el estado de salud y si se requiere una baja laboral y «vamos directos a con quién vive para hacernos una foto mental de su domicilio, por si es necesario enviar un servicio», cuenta la coordinadora.

Cada positivo está generando unos cuatro o cinco contactos estrechos y cerca de un 50 % son personas de 16 a 29 años. Todos con el mismo patrón: asisten a fiestas de verano.

Otra de las diferencias en una época de mayor control es que ahora no se realiza un seguimiento de las personas en cuarentena. «Nos gustaría pensar que es una minoría quien se la salta, pero en este momento no tenemos capacidad de hacer un seguimiento de las personas aisladas», explica. Ahora se les llama, se les facilita todas las instrucciones, «y le comunicas que si inicia síntomas debe contactar con el sistema de salud para que le hagan una prueba de diagnóstico». Al octavo día de aislamiento, si no presentan síntomas, se le realiza la segunda PCR y dos días después se les llama para el alta si han dado negativo. «Aún así les advertimos de que deben seguir vigilándose hasta el día 14 porque no sería el primero que inicia síntomas después», añade esta experta. «Hemos tenido a gente confinada colgando fotos por ahí en Instagram y les hemos llamado, pero no podemos controlarlos. Hay agenda de positivos, de contactos, de fin de contacto, de turistas, de hotel puente... el volumen es muy elevado», confiesa.

Tampoco es momento de detectar y estudiar los brotes, «ya no se hace». Con 40 casos al día era fácil, «pero con 700 y pico no podemos dedicar recursos a detallar brotes, y más si implica dejar de comunicar positivos».

«Cada llamada es un caso o posible contagio que ya no está en la calle»

En la central COVID está la unidad principal de rastreo, la de llamadas a vulnerables, turistas y EduCovid. Trabajan hasta 220 profesionales entre lo que hay 75 militares que acudieron a la llamada del Govern. Después de Selectividad empezaron a notar un incremento de contagios que se agravó con los viajes de estudios, botellones y Sant Joan. Tuvieron que reinventarse a un ritmo trepidante y pese a que no están colapsados, «porque eso significaría que no podríamos dar el servicio». Han tenido que modificar los recursos «para llegar a todo». Su consuelo: que cada llamada que hacen es un contagio o posible contagio «que ya no pulula por la calle».

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