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Consentimiento

| Palma |

Esto del consentimiento, y cómo lograrlo, es un invento netamente masculino, preferentemente de generaciones de sujetos cisgénero heteropatriarcales, que durante milenios apenas han pensado en otra cosa, y son unos auténticos expertos en el tema. Las mujeres ni siquiera saben exactamente en qué consiste lo de consentir, como prueban los años de discusiones feministas sobre el término. Un término equívoco y tramposo, otro ardid milenario urdido por tíos, porque significa tolerar, soportar, permitir sin ganas y a regañadientes, aguantarse. Un fastidio más o menos inevitable, en fin, ya que si fuese por gusto y voluntad propia, no sería consentir, sino querer. Tampoco, claro está, si te obligan a consentir por la fuerza.

¿Entonces? Los problemas de este asunto del consentimiento, que empiezan en el mismo vocablo, obedecen a que es una ley hecha por mujeres, que a diferencia de los hombres mencionados (bastante machistas, por cierto), aunque suelen saber lo que quieren, no tienen tan estudiados los laberintos del consentimiento, ni qué consienten y qué no, ni qué están consintiendo sin intención, ni por qué. Algo que sabe cualquier capullo que se haya pasado la vida tratando de que le consientan. Por curiosidad, por aburrimiento, por costumbre, por pena, porque todos lo hacen, por quitarse el engorro en encima, porque total. Por docenas de razones, cada una de las cuales requiere estrategias diferentes, en las que el tal capullo conquistador se considera un experto. Un hito histórico en lo de lograr consentimiento fue meter la religión, y el sacramento del matrimonio, y los mandamientos de la ley de Dios.

Otro, más reciente, el invento del amor por los poetas provenzales, porque hay que ver cómo facilita la poesía toda clase de consentimientos. En definitiva, que si se quiere saber qué significa consentir o no consentir, así como todos los trucos y añagazas, hay que consultar a los entendidos, que son (somos) los varones heteropatriarcales de toda la vida. Ellas solas jamás llegarán a imaginar los escabrosos entresijos del asunto, y cualquier ley del consentimiento fracasará. Empezando por el nombre. Tías, para esto necesitáis asesores viriles muy cabrones.

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