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Xènia Dyakonova: «Los buenos libros son siempre beneficiosos»

Xènia Dyakonova puede convertirse en la nueva flor exótica de la literatura catalana. | M. À. Cañellas

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Es agua y fuego: cordial, aunque tímida; dialogante y a la vez reservada. Nació de madre, pero probablemente la acunó un diccionario. Xènia Dyakonova (San Petersburgo, 1985) se licenció en Teoría de Literatura y Literatura Comparada (UB, 2007) y es poeta con dos libros publicados. Ha realizado la traducción al catalán de uno de los últimos relatos de Tolstoi, El pare Sergi (Lleonard Muntaner Editor, 2010). También ha traducido a Chejov y a otros escritores rusos. Me comenta:Xènia Dyakonova.- La traducción se ha convertido en una salida profesional y, por añadidura, me obliga a un ejercicio de precisión lingüística muy importante. Luego está la complicidad con el escritor que traduzco. Me aproximo a su mundo con lupa.

No hay en mi vida más prohibiciones que las que me pongo yo misma”

Llorenç Capellà.- ¿Hasta qué punto el traductor ha de ser fiel al texto original?
X.D.- ¿Fiel, fiel…? No tiene por qué serlo, siempre que respete el espíritu de la obra. Lo importante es que la traducción no sea artificiosa y que el lector se olvide, en el caso concreto de El pare Sergi, de que Tolstoi no era catalán. Si lo consigo, ahí radicará mi éxito. Gogol decía que el traductor ha de ser como un cristal trasparente que se sitúa entre el libro traducido y el autor.
L.C.- Parece fácil de conseguir.
X.D.- Pues es tan difícil que es casi imposible. Yo me dejo el alma en una traducción. Procuro que las frases suenen bien, que respiren… En mi caso, al menos, necesito identificarme plenamente con el texto que traduzco.
L.C.- ¿Ha sido así con Tolstoi?
X.D.- Claro. Incluso le diré que me veo reflejada en El pare Sergi. Busca la perfección, es vanidoso…
L.C.- ¿Y usted…?
X.D.- Comparto su ego, su pasión vanidosa. Permítame burlarme de mi misma. ¿Sabe qué hago en mis momentos vagos…?
L.C.- Dígamelo.
X.D.- Me busco en Internet. Leo lo que se ha escrito sobre mí, aunque solo sea de tarde en tarde.
L.C.- Los críticos me aburren.
X.D.- ¿Y si le digo que yo he hecho crítica…?
L.C.- Le diré que es usted la excepción.
X.D.- Siendo así, se lo acepto. Aunque, más que aburridos, son injustos. A veces tengo la impresión de que mis poemas se valoran positivamente porque soy rusa. Ya sabe ¡una rusa que escribe en catalán…! Todo lo exótico vende. Pero no me quejo de nadie. He de reconocer que gozo de más reconocimiento en Catalunya que en Rusia.
X.D.- Y sólo ha publicado poemas sueltos. ¿A qué espera para traducir sus libros?
X.D.- A conocer la lengua catalana más profundamente. Toda traducción, en poesía, supone una nueva versión del poema porque el traductor ha de llegar a la esencia del verso. Y es difícil. Me da un poco de vértigo enfrentarme a mis propios poemas.
L.C.- Entonces ¿los escribe siempre en ruso?
X.D.- No podría hacerlo en otro idioma. Y debería probar en catalán, porque en Catalunya es más fácil publicar. No es que en Rusia sea difícil… ¡Pero el mundo literario ruso es tan diferente al de aquí…! El lector ruso consume mucha literatura a través de las revistas, no de los libros.
L.C.- Usted ha publicado dos.
X.D.- En editoriales pequeñas, de difusión limitada. También lo he hecho en revistas de gran tirada, pero sin vivir allí me es difícil que me tengan en cuenta. Sobre todo porque no soy aduladora. Y a quien no adula se le cierran las puertas.
L.C.- No diga eso. Con nueve años ya recitaba por radio y televisión.
X.D.- Es cierto. Me miraba en Maiakovski. Ya sabe, intentaba ser provocadora. ¡Imagínese…! Fui de vocación primeriza. Mis padres, en vez de leerme cuentos, me leían las novelas sentimentales francesas. Yo tendría seis años.
L.C.- ¿Y qué entendía?
X.D.- Todo. O al menos lo esencial. Incluso escribía mis propias historias. Casi siempre había una niña perdida, de clase social humilde, con la que me identificaba. Llegué a preocupar a mis padres. ¿Qué escribe esta niña?, se preguntaban, ¿qué escribe…?
L.C.- ¿Qué percepción tenía en su infancia del comunismo?
X.D.- Me cuesta precisársela. Tenga en cuenta que nací en pleno desmoronamiento de la dictadura. En los libros de texto aún figuraba el retrato de Lenin, eso lo recuerdo. Y yo tenía claro que Lenin era una mala persona, así que no me explicaba el honor que se le hacía. La profesora era muy progre y se tomaba a risa mis objeciones. ¡Afortunadamente!
L.C.- ¿Cuándo van a enterrar su momia?
X.D.- ¿La de Lenin…?
L.C.- La de Lenin. Un pueblo con una momia en los altares es un pueblo enfermo.
X.D.- Y yo que sé. De todas formas, los traumas de los rusos son múltiples. Procedemos de muchas opresiones y miserias, de muchos desastres.
L.C.- Sus padres ¿fueron anticomunistas?
X.D.- Radicalmente. Y conste que les tocó vivir en un período de la dictadura en que los guardias ya eran vegetarianos y no se comían a la gente normal.
L.C.- ¡Suerte!
X.D.- A medias, porque tuvieron que acatar la memez del funcionariado. Mi padre es matemático.
L.C.- Sí…
X.D.- Y le negaron el derecho a doctorarse, porque se manchó de café el carnet de las Juventudes Comunistas. Hasta ahí llegaba el delirio de la Administración.
L.C.- Lo vivido por los suyos ¿la vacunó de pasiones izquierdistas?
X.D.- Tampoco es eso. En Catalunya, incluso, viste ser de izquierdas. En Rusia, en cambio, derechas e izquierdas son iguales. Lo más razonable es el apoliticismo.
L.C.- Usted es hija única y emigró con sus padres. Se instalaron en Barcelona.
X.D.- Pasamos un año en Tenerife. Me sirvió para aprender el castellano.
L.C.- ¿Y luego en Barcelona…?
X.D.- Sí. El período de adaptación fue duro. Tenía trece años y procedía de un mundo diametralmente opuesto. Me costó hacer amistades en el instituto. Pero los profesores me ayudaron muchísimo. Incluso me hicieron ver que el conocimiento del catalán me abriría puertas. En unos meses ya lo hablaba.
L.C.- En cambio los castellanohablantes que llevan toda una vida en Catalunya ni lo entienden.
X.D.- Lo suyo es pura visceralidad ¿no le parece…? Aunque para mi suerte castellano y catalán son idiomas fáciles. Igualmente, si en vez de recalar en Catalunya lo hubiera hecho en Hungría, con lo difícil que es el húngaro, me expresaría en inglés.
L.C.-…
X.D.- La relación que tienen los españoles con los catalanes es parecida a la de los rusos con los ucranianos. Jamás he podido hablar ucraniano. Incluso le diré que me hace gracia oírlo hablar, porque me parece una parodia del ruso. No obstante, si viviera en Ucrania posiblemente lo aprendería. Aunque sólo fuera por respeto a la gente de allí.
L.C.- Seguro que ha sido usted una empollona.
X.D.- No, no… Qué va. Fui una estudiante mediocre. ¿Y sabe por qué…? Pues porque quería leer lo que me venía en gana, no lo que me ordenaban los profesores. En la facultad solo asistía a las clases de Literatura Comparada que impartía Jordi Llobet. Me saltaba las demás.
L.C.- ¿Y los exámenes?

X.D.- Me pasaba el último mes del curso sin levantar los codos de la mesa. O sea, que me reconozco una estudiante incómoda. Pero no sentía desprecio alguno hacia el profesorado. Pasaba, simplemente, que quería leer todo lo que me apetecía y, además, dedicaba cinco horas diarias a escribir. El día se me quedaba corto. De todas formas, no puedo presumir de mi proceder.
L.C.- ¿No...?
X.D.- No. Probablemente me hubiera convenido leer de una manera más sistemática, pausada. Por fortuna llegué a la facultad con una muy buena base del instituto. Ya había leído a los Pla, Sagarra, Villalonga, Gaziel...
L.C.- ¿Se aprende a escribir a través de la lectura?
X.D.- No solo a escribir, sino a razonar, a comprender. En conclusión: los buenos libros son siempre beneficiosos. Ahora bien, el erudito no tiene porque ser un gran escritor, aunque escriba magníficamente. En el escritor ha de haber un cierto grado de ingenuidad, de apasionamiento. Y ha de aprender a cultivar su propia creatividad.
L.C.- ¿Pasear observando la calle es una manera de leer?
X.D.- Foix lo decía. Afirmaba que el escritor ha de leer, estudiar y pasear.
L.C.- ¿Pasear simplemente o impregnarse zapatos y ropa del polvo de la calle?
X.D.- De todo se aprende. Vida y literatura son inseparables.
L.C.- ¿Qué ha aprendido en un hotel de cinco estrellas?
X.D.- A vivir bien. Sólo me he hospedado una vez. Fue en San Sebastián, a donde fui para dar una conferencia. Y sola, en la habitación, me partía de risa. Me decía: ¡La literatura me ha llevado hasta aquí!
L.C.- Hábleme de las calles que ha pisado.
X.D.- Son las de Barcelona. Al instalarnos en la ciudad, no tenía amistades y daba grandes caminatas. Me sorprendió muchísimo el piropo. ¡Los rusos son tan introvertidos...! Ya sé que es un halago superficial y tal vez machista. Pero ¿qué importa...? Me pareció algo espontáneo que invitaba al buen rollo. La alegría vital de las calles me enamoró.
L.C.- ¿Qué dejó en Rusia?
X.D.- Familia, amistades... Y la lengua. Pero no me quejo de mi fortuna. Sintonizo por radio emisoras rusas y me comunico con los amigos a través de internet. Emocionalmente no me siento aislada. Además viajo a San Petersburgo dos veces al año, y después de dormir una noche allí tengo la sensación de que jamás me he ido. Pienso en Barcelona. Y Barcelona se me aparece como parte de un sueño, algo irreal.
L.C.- No lo es.
X.D.- Ya lo sé. Aquí tengo mi presente y mi trabajo. Imparto cursos de cómo escribir poesía en l'Escola d'Escriptura de l'Ateneu Barcelonés.
L.C.- ¿Y puede enseñarse a escribir?
X.D.- No. Pero es una experiencia gratificante tanto para mí como para ellos, mis alumnos. Muchos son jubilados, gente que en su juventud no tuvo oportunidad de estudiar lo que le apetecía.
L.C.- ¿Cómo recuerda la primera biblioteca que tuvo a su alcance?
X.D.- Enorme. Era la de mis abuelos paternos. Ambos son biólogos y vivían en un pisito pequeño lleno de libros. Ya de muy chiquita me fomentaban el hábito de la lectura. Algunos me estaban prohibidos por la edad. Cuando seas mayor los leerás, me decían. Y, naturalmente, eran los que apartaba para leer primero. Uno de ellos era Lolita, de Nabokov. Supe de qué iba inmediatamente. Y no me escandalizó. ¿Qué va a tener de escandaloso que un hombre mayor se enamore de una adolescente...?
L.C.- Nada.
X.D.- Afortunadamente ya no hay en mi vida más prohibiciones que las que me impongo yo misma.
L.C.- ¿Cómo transcurre su día a día en Barcelona?
X.D.- Dedico las mañanas a leer y a escribir. Y por las tardes, trabajo. Si algo me tengo que prohibir es el trabajo. Pero me gusta. Aprovecho los resquicios para visitar exposiciones, ir al cine o a conciertos...
L.C.- ¿Y a la playa?
X.D.- También. Vivo en Poblenou, cerca del mar. En una finca antigua, con siete u ocho vecinos. Pero al margen de saludarnos, apenas nos conocemos. Hay una señora mayor que saca el perro a pasear por la calle. La veo desde una ventana del piso. No nos decimos nada.
L.C.- ¿Sabe...? Si la señora mayor muere igual se arrepiente de no haberla conocido.
X.D.- Igual sí. ¿Por qué no...? Pero ¿cómo me las arreglo para ir más allá de los saludos de cortesía sin violentarla...?
L.C.- ¿A usted la violenta quien le da conversación?
X.D.- ¡No! Al revés: me gusta. Y lo agradezco. Quiero descubrir caracteres diferentes, nuevas formas de ser. Pero soy rusa. Y esto condiciona. Aunque seamos cordiales, los rusos somos más introvertidos que ustede

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