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En casa de Natasha Zupan

El dosel del salón protege a los invitados de todo mal y da calidez. | E.M.

| Valldemossa |

Qué tendrá Valldemossa que hace que cada vez que nos acoge más nos enamora. Ese lugar es mágico, no hace falta que se lo diga. Hace años titulé una de mis crónicas con el romántico título El agua de Valldemossa, porque me evocaba frescura y densidad, naturalidad y pose continua. Es capaz de adaptarse a todos como solo el agua más cristalina es capaz de hacerlo y sin perder su esencia.

Lo volví a comprobar en el almuerzo que la artista Natasha Zupan organizó en honor de sus padres, el artista Bruno Zupan, que es un hombre de elegancia mítica y vida fascinante, que ha hecho de este pueblo de la Serra su casa desde hace más de 50 años y su esposa, la bellísima Jane Zupan, estadounidense del sur, sofisticada y con un sentido del humor único de mujer acostumbrada a recorrer el mundo como si fuera su casa.

Llegaron y como tantos otros artistas se enamoraron del lugar, fundaron casa y estudio, criaron a su hija con la gente del pueblo y con los grandes del mundo que han acudido hasta ellos para que actuaran de anfitriones de la Mallorca más auténtica. Visitamos su estudio y tras el deleite de la estética clásica y nítida, ordenada y limpia de Bruno nos desplazamos a la casa de su hija, quizás una de las mujeres más bellas del mundo y una de las que mejor recibe.

Cuando llegas a la casa valldemossina de Natasha siempre te sorprendes porque todo puede haber cambiado, o no. Ahora es blanca, con un dosel mallorquín marcando la zona del relax, no lejos está la cocina, que es la de una persona que ama los platos y su creación con el mismo arte que pone en uno de sus cuadros y el comedor, una sinfonía ecléctica que ya funcionaba a la perfección cuando las mezclas no estaban de moda realzado con toques de color, ahora casualmente sobre fondo calcáreo.

Flores frescas aquí y allá, música prefecta para un día casi casi primaveral y la sorpresa del reencuentro con la maravillosa Vanessa Vandergast, más Vanessa que nunca. Fue un día maravilloso, de tertulia larga y entretenida en torno a unos platos deliciosos. ¡Ven cómo es el agua de Valdemossa la que me pone romántico!

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