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El preocupante blanqueo del fascismo

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La concejala de Vox en el Ayuntamiento de Esporles, Andrea Busquets, presentó en agosto una denuncia contra el grupo musical Fades, que actuaba en las fiestas del pueblo, por un «presunto delito de odio». El «odio» consistió en decir «fuera fascistas, fuera homófobos y fuera catalanofobia» en el escenario. Debemos entender entonces que ser fascista no es criticable, y por tanto es bueno, aunque en toda Europa se considere un delito grave. Tal vez entiende la Sra. Busquets que el ricino, las palizas, la discriminación, el asesinato de opositores, la dictadura, el Holocausto y la destrucción bélica de Europa (y de buena parte del mundo) de 1936 a 1945 constituyen hechos encomiables. También le debe de parecer bien a la concejala que se apaleen homosexuales –deporte antaño muy extendido entre el macho ibérico– antes de enviarlos a cárceles de Cádiz o Fuerteventura (o a las cámaras de gas, como en Alemania). Y cabe colegir de las palabras de la regidora que además serían apaleables los nacidos en Cataluña (o Galicia, o Euskadi), por aquello de querer usar su propia lengua y ejercer la democracia.

El fascismo no es una opción política como otra cualquiera, sino una monstruosidad social, una deformidad de la historia, una fea excrecencia de la humanidad. El fascismo –sea en su versión italiana, nazi, franquista o cualquier otra– se basa precisamente en el odio, en la imposición, en el racismo, en el machismo, en la brutalidad, en la fuerza, en la sinrazón y en la guerra. Claro, que todo ello se pone al servicio de los privilegios de la minoría dominante, y de ahí su éxito intermitente, su eterno retorno, como bien supieron, entre otros, los chilenos y argentinos.

El blanqueo y la defensa del fascismo continúan ganando terreno, aunque decir «ni fascista ni antifascista» sea tan absurdo y terrible como decir «ni pedófilo ni antipedófilo». A decir «fuera fascistas, fuera homófobos y fuera catalanofobia» debería enseñarse en la escuela. Como advirtió el filósofo Jorge Ruiz de Santayana, quienes olvidan la historia están condenados a repetirla. Si además algunos la olvidan intencionadamente, o pretenden que la olvidemos o malinterpretemos, son, directamente, cómplices del mal.

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