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Olor de santidad

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Sin Napoleón el destino de Francia no habría sido el mismo». Lo dijo el propio presidente de la República, Emmanuel Macron , en el modesto acto con el que hace unos días Francia conmemoró el segundo centenario de la muerte de Bonaparte en Santa Helena.

Casi a la vez, Parvez Haris , un catedrático de biomedicina de Leicester quiso honrar a su manera la memoria del emperador desvelando precisamente una nueva teoría –según él, la definitiva– sobre su muerte. Según ella, Bonaparte murió en efecto envenenado, tal como venían afirmando ya un buen número de investigadores, si bien Haris sostiene que no se trató de un asesinato, tampoco de un suicidio, sino que se envenenó él mismo sin querer. Basándose en testimonios de la época (Josefina , que lo contaba todo), Haris ha llegado a la conclusión de que la causa de la muerte de Napoleón fue una sobredosis continuada de agua de colonia en la cabeza y los sobacos. Es en el desajuste hormonal que a la fuerza tuvo que provocarle al cabo de los años el frasco entero que tenía por costumbre echarse encima después del baño donde se encuentra la causa del fulminante tumor gastrointestinal que terminó por llevárselo de este mundo hace ahora dos siglos.

Sea como fuere, ante el sarcófago que guarda casi todos sus restos –el pene, por lo visto, se perdió en alguno de los traslados sin que nadie se hiciera responsable–, el presidente Macron, alejándose de anacrónicos revisionismos, pidió finalmente asumir el legado de Bonaparte como corresponde: «Del Imperio renunciamos a lo peor; del emperador, ensalzamos lo mejor». En eso estamos. Porque no era, desde luego, ningún santo, pero qué bien olía.

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