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El odio que no cesa

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En 2006 (ha llovido mucho) el catedrático de ciencias políticas y sociales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y profesor de Políticas Públicas en la Johns Hopkins de Baltimore escribía que «cuarenta años de una dictadura fascista enormemente conservadora y veinticinco años de una democracia incompleta han configurado una sociedad profundamente conservadora y complaciente donde la autocrítica ha brillado por su ausencia…». Puede ser. Pero a tales asertos cabría añadir que los nostálgicos del antiguo régimen y las izquierdas que no han visto todavía realizadas sus expectativas radicales pese al paso de los años no han dejado de mostrar su crisol de frustración y odio. Lo vemos hoy mismo. Ahí está el problema bipolar de una España con grandes carencias y en cuyo centro se mueve un bipartidismo que muchos quisieran hacer volver a aquel turno de partidos decimonónico que se ahorraba las elecciones. La demagogia, por otra parte, trata de convencernos de que los comunistas no son España y de que los separatistas son la antiEspaña y que pese a sus proyectos locos no son gente de fiar. Esta fácil y engañosa propaganda solo admite la reforma del cangrejo y la doctrina del inmovilismo. Yo diría que hay un Estado español plurinacional que espera el momento de sus oportunidades. Pero, como dice el profesor Vicenç Navarro, «las grandes carencias en España del llamado Estado del bienestar nos descubren el poder de las clases dominantes españolas y su influencia en las políticas fiscales, o la implantación generalizada, por parte de los gobiernos de la Unión Europea, de medidas neoliberales y el efecto devastador que éstas tienen en el tejido social». En medio de todo esto, estamos nosotros, los neutrales, los votantes de cada cuatro años, los desconcertados ante tanta virulencia pseudodialéctica. Hace años, muchos, me hallaba en el interior de un taxi en el centro de Madrid. Eran los días en que Franco se estaba muriendo. Para romper el silencio en el interior del vehículo, pregunté al conductor, uno de esos que oyen las opiniones de todos los barrios: –Y ahora…Qué? Muerto Franco… ¿Vendrá el Rey? El hombre se lo pensó unos momentos, luego me miró por el retrovisor, quizá para descubrir mi pinta de maestro de escuela, y finalmente argumentó: ¡Sí! ¡El Rey y un montón de franquitos y antifranquitos! ¿Hemos llegado a eso? Que se lo planteen aquellos que no sean de la casta política o que no pequen de politicastros en casino caciquil.

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