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El proceso catalán parece teledirigido por la Unión Europea

El jefe del ejecutivo Mariano Rajoy. | PABLO MARTIN

| Palma |

La tropa mediática madrileña ha recibido con furia la investidura de Quim Torra como president de la Generalitat. Le dedican epítitetos para todos los gustos y le demonizan con una furia que recuerda el Tribunal de los Tumultos instaurado por el duque de Alba en Flandes en 1568. Parece un choque importado del siglo XVI entre católicos y herejes o entre papistas y reformadores, según la óptica. Hacía muchas décadas que no se producía tanta inquina ante el adversario político. Pero mientras Ciudadanos se desgarra las vestiduras, sorprende la parsimonia de Rajoy, al parecer interesado en que Torra pueda formar Gobierno para entablar 'dialogo'.

¿Qué está pasando?, ¿Dónde está aquel Rajoy peleón y altanero que promovió la recogida de centenares de miles de firmas hace una década para cargarse el Estatut reformado de Catalunya en el TC? ¿Por qué ahora hace esfuerzos elefantiásicos en pro de la sensatez cuando en Madrid el griterío anticatalanista se hace ensordecedor?

Tal vez porque desde hace medio año el proceso catalán esté tutelado y dirigido por la cúpula de la Unión Europea, con la Alemania de Merkel moviendo los hilos. No es la primera vez que ocurre. En 2010 la UE le impuso a Zapatero la reforma laboral y la de las pensiones. Y ZP se cuadró ante los amos del euro. No tenía otra salida aunque fuese su final político. La deuda pública española es escalofriante, y mientras España ha sido receptora de fondos comunitarios (muchos y muy jugosos) desde finales de los ochenta. La UE paga y, en consecuencia, la UE dirige cualquier conflicto interno en las zonas receptoras de dinero, sobre todo desde que los británicos se han hartado de pagar y se marchan de la Unión.

¿Cómo es posible comprobar que Rajoy está a las órdenes? Basta recordar lo que ocurrió muy a finales de octubre cuando Mariano aplicó el 155. La UE le dio permiso para hacerlo, es evidente, pero con la condición de que convocase inmediatamente elecciones en Catalunya, para antes de dos meses, para el 21 de diciembre pasado. De no haber tenido la tutela de la UE, con Alemania al mando, Rajoy, por su cuenta, jamás habría convocado comicios tan pronto. Habría esperado medio año, a tener la situación interna catalana controlada. ¿Cuándo ha tenido prisas Rajoy? Jamás, excepto en aquella coyuntura clave. Cumplía órdenes.

Como es sabido, le salió el tiro por la culata. Los independentistas revalidaron mayoría absoluta en escaños después de una campaña electoral durísima y tremendista por ambos bandos y con el poderío mediático madrileño desmelenado a favor de la causa constitucionalista. Perdieron por contraproducentes, por destilar desprecio cuando lo inteligente era respirar concordia. Y la UE tomó nota.

Desde el 21-D a la investidura de Quim Torra se han producido acontecimientos de una intensidad sideral día a día y, a veces, hora a hora, desde nuevos encarcelamientos a vetos del Tribunal Constitucional. Pero con un hecho inconfesable y de gran trascendencia: Alemania se ha negado a extraditar a Puigdemont. No ha tratado a España como a un igual, sino como a un Estado bajo tutela y endeudado al que se le deben arreglar sus problemas y al que le pueden discutir incluso resoluciones de su Tribunal Supremo.

Parece evidente que el mensaje de la UE que tiene Rajoy sobre la mesa es que: a) Catalunya debe tener nuevo president; b) Mariano debe ponerse a dialogar con Torra; c) Si no son capaces de alcanzar una solución pactada, intervendrá Bruselas; d) Fruto del acuerdo final debe venir una solución 'digna' sobre el futuro de los presos y personas que están fuera de Catalunya; e) La unidad territorial de España es intocable desde el respeto a los valores de las nacionalidades históricas.

El próximo 5 de junio se cumplirán 450 años de la ejecución en la Grand Place de Bruselas de los condes Egmond y Horne por orden del duque de Alba. Eran protestantes y exigieron libertad religiosa en Flandes. Lo pagaron con sus vidas. Un monumento les recuerda en la capital de Europa. Su memoria permanece imperecedera en Bélgica y en la Europa protestante.

Hoy muchos de los que mandan en la Unión Europea, que recuerdan a sus 'mártires' Egmond y Horne. Son protestantes. No soportan ni la intransigencia ni la intolerancia. Y controlan el grueso del dinero comunitario. Buscan imponer un acuerdo España-Catalunya que no rompa la unidad del Estado pero que selle el respeto a los catalanes, a sus valores, su lengua y su cultura. Sólo así se edificará la unidad continental.

En el siglo XVI las élites aristocráticas españolas despreciaron a los flamencos y como respuesta cosecharon odio. La mentalidad de las élites actuales de la UE pacto y tolerancia. Creen que se impondrá en España por imperativo de la Historia. y bajo tutela de los gestores del euro. El siglo XVI queda muy lejos. Pero Europa no quiere ni autoritarismos ni separatismos, ni desprecios a ninguna minoría, sobre todo si tiene una lengua propia por proteger.

Quin Torra lo sabe, pero juega sus cartas, de momento muy distintas a las de Rajoy. Y Torra se mueve hábilmente para sacar el máximo de tajada para Catalunya. Está exaltando (tal vez demasiado) su condición de democristiano. Sabe por qué lo hace. Una de las clave de la Unión Europea se encuentra a principios de los años 50, cuando en la República Federal Alemana Adenauer consiguió estructurar un partido democristiano que sintetizase los principios protestantes y católicos, enhebrando así el futuro de aquella nueva república, desde la humildad y el respeto.

Humildad y respeto es lo que falta al uno y al otro lado del Ebro. Por eso el Rhin permanece vigilante y maneja unos hilos cada vez más visibles.

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