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Dejar el sacerdocio para emprender una nueva vida

Cuatro mallorquines que dejaron el sacerdocio, reivindican el fin del celibato y apoyan la ordenación de las mujeres

Se llevan algunos años de diferencia pero coincidieron en el seminario de la Iglesia de Mallorca. Miquel Monroig y Toni Bennàssar, ayer en Palma. | Jaume Morey

| Palma |

Toni Bennàssar (Sencelles, 1942) era un niño de casi doce años cuando entró en el Seminari Menor de la Diócesis de Mallorca. Fue en 1954 y lo que más le llamó la atención era la luminosidad del edificio, inaugurado un año antes. Hay una frase que no llegó a entender hasta que no tuvo cierta edad: «Deseo que esta sotana me acompañe hasta el sepulcro». Se lo repetían una y otra vez, sobre todo en su primera fiesta de sa Vestició. «En ese momento no lo entendía. Ahora lo entiendo. Nos consagraban para que no saliésemos». Toni Bennàssar, Miquel Monroig, Pep Garau y Jaume Gual son sacerdotes secularizados. Sus vidas estuvieron marcadas por experiencias que no correspondían con una vocación, algo que luego encontrarían fuera. Todos casados y con hijos, sintieron algo así como una liberación, a pesar de que su fe en Dios nunca la han perdido.

«Entrando allí nos sentíamos elegidos, y cuando un niño se siente así no puede defraudar», recuerda Toni Bennàssar. Se ordenó en 1967. De familia muy católica, la decisión de salir se cocinó durante muchos años y con algunas crisis. «¿He elegido yo esto?», se preguntaba tras ordenarse y pasar una temporada en Mancor de la Vall y otra en Barcelona. Toni llegó al límite: «Me planté con 30 años y saqué todos mis sentimientos». Muchos sacerdotes secularizados se conocen entre ellos en la Isla, sobre todo si pertenecen a las primeras generaciones que pisaron el nuevo seminario de la Diócesis de Mallorca. Toni y Miquel coincidieron allí aunque les separan algunos años de edad. Miquel Monroig (Petra, 1949) se ordenó con 24 años en Alcúdia. Luego pasó una temporada como sacerdote en Pollença y Binissalem, y antes un breve paso por Burundi (África) como misionero. «Fue en Binissalem cuando empecé a sentirme solo a nivel emocional y no estaba motivado para hacer proyectos parroquiales. Y a esto se sumó una crisis de enamoramiento», recuerda Monroig.

Conoció a su mujer en Petra. «Hablé con el obispo don Teodoro Úbeda y le dije que después de mis vacaciones iba a dejar la Iglesia». Tras 20 años como sacerdote, en 1991 lo dejó todo y se casó. «Recibí más enhorabuenas que estiradas de oreja», dice. A don Teodoro también lo menciona Toni Bennàssar en esta entrevista. «Él, a mí, también me ayudó mucho cuando le planteé que me iba. Me dijo incluso que si le necesitaba algún día, que se lo dijera». Toni y Miquel entienden la espiritualidad como un estilo de vida. «La Iglesia me ha dado lo mejor que tengo, que es la fe», asegura Toni. «A mí me dicen que si todavía creo y digo que creer es mi vida», contesta Miquel. Siguen yendo a las misas a pesar de que ponen sus reivindicaciones sobre la mesa, como que se elimine el celibato o que haya mujeres sacerdotes. Sobre los abusos sexuales cometidos en la Iglesia, son conscientes de que hay y los habrá. Pero aseguran que en su año no vieron. Y de la homosexualidad, Miquel confiesa que «no negaré que no hubiese. En esos años se hablaban de amistades particulares. Lo que yo, al menos, no era consciente».

La etapa

A Jaume Gual (Mancor de la Vall, 1943) se le conoce como Jaumito. Entró en el Seminario menor con once años, el 14 de octubre de 1954. Ha dedicado toda una vida a las parroquias de sa Pobla y al mundo de la enseñanza. Con 16 años tuvo su primer flechazo. Nunca se lo dijo. Habló sin embargo con su director espiritual: «Él me calentó la cabeza para que no dejara la carrera. Recuerdo estar en mi habitación del seminario y ver de lejos el Puig de Massanella. Eso me creaba cierta nostalgia por mi hogar y por la chica», rememora. Al poco tiempo, con 24 años, volvió a enamorarse. «Esta vez hablé con el rector del seminario y me pasó lo mismo. Intentó comerme la cabeza y convencerme de que siguiera. La chica me esperaba en el coche. Me metí dentro y le dije que yo continuaba en el seminario. Interpuse la espiritualidad al amor». A la tercera, fue la vencida. Jaume, al que nombraron vicario de sa Pobla, era profesor en un colegio de este municipio. En un viaje de estudios a los Pirineos conoció a la que ahora es su mujer y madre de sus hijos. Su salida se hizo oficial el 18 de junio de 1967.

Juame Gual.

«Yo era hijo único y de madre viuda. Cuando le dije que dejaba el sacerdocio estuvo un día entero llorando. En ese momento era vicario. Recuerdo que llamé a mi tía para que la consolara. Al siguiente día de salir, nos volvimos a Mancor de la Vall. Gracias a mi actual mujer pude entrar en el colegio público de sa Pobla». Jaume Gual, antes de jubilarse, llegó a ser director general de Planificació y Centres de 1999 a 2003. «Yo tengo fe y tuve claro desde siempre que no podía estar jugando a dos caras, como sé que han hecho otros sacerdotes. La decisión que tomé fue la acertada», reflexiona. Sobre la homosexualidad, es consciente de que hay curas con esta tendencia sexual y al hablar de los abusos, tampoco vio nada, «solo alguna caricia por parte de un director espiritual». El celibato es una cuestión que sigue sin resolverse. A ojos de Jaume, «la Iglesia sigue cerrada en esto, es una pena. El papa Francisco está cogido por todas parte».

Pep Garau (Pòrtol, 1959), entró en el seminario con un interrogante que buscaba respuesta. «Al final me decidí porque sentía seducción por la figura de Jesús». En su casa eran religiosos. Tenía 19 años cuando ingresó en el seminario. También menciona al obispo Teodoro, que fue quien le convenció para que, tras ordenarse, se fuera de misionero a Perú. Allí pasó cinco años entre miedo y dificultades, pero también gratitud. Hubo un momento en su vida en que notó «un no se qué en el interior complicado de adivinar». Se fue a Roma –como los otros entrevistados– a estudiar teología y también pasó una temporada como formador en el Seminari Major. «En un momento dado me empecé a encontrar mal. Entonces conocí a mi actual mujer». Pep tenía 48 años cuando se convirtió en sacerdote secularizado.

Pep Garau.

Abusos

Como el resto, Pep dice que nunca ha sido consciente de que hubiera algún abuso sexual dentro de la Iglesia cuando él todavía era cura. Pero sí al salir: «Al dejar todo eso he recibido mucha información. Me quedé tristemente sorprendido. Me han hablado de abusos sexuales, de gente que llevaba una doble vida». Sobre la homosexualidad, no ha sido consciente hasta años más tarde, ya fuera del mundo eclesiástico. «Aquí veo una doble problemática. Primero las vidas sexuales que tienen en el exterior y, segundo, que muchos sufren neurosis. Y los que tienen desequilibrios mentales es gente que está en el poder de la Iglesia. Hacen maltrato psicológico». La imagen que tiene ahora de la institución eclesiástica la describe como una caricatura: «Una exageración de su forma, algo que no se corresponde con la realidad». Su fe la vive «muy simple, purificada». A Pep le queda poco para jubilarse como profesor de Religión de un colegio de sa Pobla. Disfruta la vida con su mujer y sus tres hijos pequeños.

_¿Y ya has encontrado las pregunta de tus respuestas?
–«No se encuentran nunca. Siempre serán y cambiarán. Y nunca acabarán».

El apunte

De sacerdotes a secularizados con propuestas para mejorar la Iglesia

Los entrevistados comparten no solo la fe cristiana, sino su recorrido como responsables en distintas parroquias de la Isla. También que la mayoría se licenció en Filosofía o Teología, que tras convertirse en secularizados se metieron en la docencia y que todos se conocen. Hace unos meses, un grupo sinodal denominado Gent Cristiana Aporta, en el que participa Miquel Monroig, redactó propuestas para mejorar la Iglesia de Mallorca con cuestiones como igualdad entre hombres y mujeres en la congregación.

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