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La tierra prometida, a 600 euros

Desde cualquier puerto de Senegal hastaEspaña, a bordo de un sencillo cayuco

Desde que se ha puesto de moda ir en busca de la tierra prometida en cayuco, en Senegal no es fácil encontrar a alguien que haya hecho el viaje de ida a España, sin perecer en el empeño, y lo hayan repatriado días después de haber llegado a puerto canario, que es, por norma general, el fin de trayecto de esta aventura.
Y no lo es porque la policía vigila. Por tanto, cuanta mayor discreción haya, mejor. De ahí que en Mbour, ciudad costera a unos 60 kilómetros de Dakar, en dirección sur, tuviéramos que recurrir a nuestro taxista preferido, Pap, quien, tardes atrás, tras dejarnos en el hotel Relais, nos buscó a dos supervivientes del cayuco, con viaje de ida a España en piraugue, y regreso a Senegal, vía extradición. Demba Duje y Madon Biye son sus nombres. Por espacio de media hora, en lo que nos tomamos unas cervezas, charlamos, no sin antes comprometernos a abonar el correspondiente peaje: 20.000 francos cefas -algo más de 25 euros- por la entrevista y las fotos, que haremos al día siguiente, en el puerto de Mbour, y que será donde les abonemos lo acordado.
Mudon Biye confiesa tener cuatro hijos y haber intentado entrar en España en otras ocasiones. En todas ha sido devuelto. Bemba lo ha probado una vez, también con la misma suerte. Por ahora no sabe si lo intentará de nuevo. Ambos, al igual que nuestro chófer, pertenecen a la etnia Wolof, la más numerosa de Senegal.
Al día siguiente hemos quedado en el mismo lugar, donde, a la hora convenida, nos presentamos, Antonia Morado, enfermera de Dentistas sobre Ruedas, y quien suscribe. Mudon nos está aguardando en la puerta del establecimiento. Viste chilaba de color azul índigo, como la de los tuareg, y calza chancletas a juego. De su cuello cuelga un medallón que lleva incrustada la fotografía de un tipo. Pap habla con él. Luego, tras quitarse ambos el calzado, entran en el hotel. En el bar hay un solo cliente, sentado en una de las mesas de la entrada. Es alto y grueso. Viste de chilaba y oculta sus ojos con gafas oscuras. Los dos hombres se acercan y se arrodillan frente a él. Charlan por espacio de unos minutos. El desconocido escucha y, a continuación, parece como si les da consejo. Pap le presenta sus manos, abiertas. El hombre las toma por unos segundos y le dice algo.

Dudas
A continuación, tras ponerse de pie, caminan hasta la estancia donde estamos nosotros, desde donde hemos presenciado todo el ceremonial. «Es emarabout -Pap nos saca de dudas-. Él nos ha dado la bendición. Mudón -señala al de la víspera- es su chófer».
Nos volvemos a fijar en el tipo que lleva en la fotografía colgada de su cuello y... efectivamente, es emarabout que acaba de estar con ellos, bendiciéndoles. «¿Quién es marabout?», preguntamos a Pap. «Es nuestro director espiritual, nuestro guía; el intermediario entre Dios y nosotros. Él nos bendice cuando vamos a hacer un viaje o cada vez que tenemos que hacer algo importante». Minutos después se une a nosotros Demba, también vestido de azul índigo, con otro medallón colgado de su cuello.
No hace falta decir que el personaje de la fotografía es el mismo marabout, al que llaman Serigne Fallou Fall y que seguramente es seguidor de la obra del más grande marabout de Senegal, Amadou Bamba, fundador de la hermandad Mouride, cuya imagen se ve por todas partes. Mudón nos dice que no va a poder acompañarnos, pues por lo visto monsieur Fallou Fall tiene visitas que hacer a lo largo de la mañana y precisa de sus servicios.
En el coche de Pap nos desplazamos al puerto de Mbour tras dejar a lo largo del recorrido infinidad de tenderetes en los que se vende todo, y ciento -miles posiblemente- de personas que van y vienen, sin ninguna prisa al menos aparentemente... El sol está ya bastante alto, hace mucho calor y la brisa del mar nos trae un fuerte olor a pescado reseco. Desde la barrera que separa la calle por la que llegamos del puerto, se divisa la playa, y sobre su arena, alineados, numerosos cayucos, embarcaciones alargadas, generalmente fabricadas con el tronco vaciado de la ceiba, que se deja secar durante medio año, y que para hacerlos impermeables alquitranan su interior. El exterior lo decoran con colores vistosos y algunas frases que tienen que ver con la familia. Estos, en concreto, acaban de llegar tras una buena jornada de pesca.
Aparcamos como podemos, y a pie llegamos hasta la playa donde reposan los cayucos. A nuestro alrededor, vendedores mil y también mucha gente sin nada que hacer, zascandileando, buscándose la vida. Varios chavales se acercan a nosotros, extienden la mano y nos piden un cadeau, un regalo. Demba, en lo que nos va guiando hasta un enorme cayuco, los espanta con un gesto.

Capacidad
«Tiene capacidad para 140 personas -Demba golpea con su mano el casco decorado con dibujos y letras de vivos colores-. Éste logra hacer la travesía a Canarias entre siete y diez días. Va a motor. La gente se apretuja en los bancos, o sobre el suelo. Como ve, viajar en él, por lo estrecho que es, no es muy cómodo. Por eso se recomienda que sólo lleven algo de comida y nada más. Ni ropa, ni nada».
Cerca de este cayuco hay otros, de menor longitud. «En estos caben alrededor de 50 personas», los señala. El cayuco -cuenta- se suele fabricar con el tronco vaciado de la Ceiba, cuyo interior se alquitrana. Un viaje a España, eso si no te vas al fondo del mar durante la travesía, cuesta alrededor de 400.000 francos cefas, unos 600 euros, sin duda un gran capital para los senegaleses, sobre todo para los que tienen un sueldo mensual de 75 euros, que son la mayoría. En la víspera, Mudon nos había contado que el que no tiene dinero, si le autorizan partir, se compromete a pagar los 600 euros una vez que esté en España, dejando como prenda a su familia. En cambio, Demba asegura que «el que no paga por adelantado, no sube a bordo». Ni que decir tiene que la travesía es dura y terrible. Por una parte, está el esfuerzo físico que deben hacer aguantando el embate de altas olas y soportando las bajas temperaturas, sobre todo de noche; por otra, el martirio psicológico que padecen pensando que se pueden caer al mar, y hundirse, al primer bandazo que del cayuco y que el piloto no pueda controlar.
Y si superan eso, piensan que a nada que asomen por aguas juridiscionales españolas, eso si no los han detenido antes, las patrullas los pueden avistar, dar el alto y devolverlos a casa, con lo cual las ilusiones se van a traste. Sin embargo, los hay, como Mudon, que lo intentan las veces que sea necesario.
Días después, Ibrahim, agente de vigilancia del Ministerio de Pesca senegalés destacado en el puerto pesquero de Lompoul -entre Dakar y Saint Louis-, al que hemos ido a parar con Dentistas sobre Ruedas, asegura que desde que está él allí «no ha salido ningún cayuco en dirección a España. Por lo que podemos apreciar, los de Lompoul son cayucos pequeños, no apropiados para una larga travesía. Y aparte de que la vigilancia se ha extremado mucho en los últimos tiempos, y como desde Saint Louis, que está más al norte, casi en la frontera con Mauritania, la distancia es más corta, optan salir por allí».
De la misma opinión es Grey, propietario de cinco de los cayucos que a diario faenan en aguas de Lompoul. «Desde este lugar no sale nadie. Los cayucos son pequeños y la distancia hasta Canarias muy larga. De donde más salen es desde Saint Louis».

Suerte
Sin embargo, Mouson (Jaume Salóm) de Dentistas sobre ruedas, asegura que días atrás estuvo hablando con dos que le contaron que habían intentado ir a España desde Lompoul, «aunque sin suerte». Sin embargo, cuando a punto estamos de arrojar la toalla en nuestra búsqueda de inmigrantes que perdieron la batalla a pocos metros de la victoria definitiva: llegar a la tierra prometida, nos encontramos con Mansour, contable de la mujer que nos ha prestado la estancia para que nos hospedemos en Lampoul, quien nos presenta al joven Banshair que, según nos explicó, hace meses hizo la travesía en cayuco desde Saint Louis a Las Palmas, siendo interceptados a poco que entraron en aguas españolas.
«Pagué 500.000 francos cefas -unos 60 euros-; viajamos 140, durante siete días y siete noches, sin ninguna escala. Pese a que fue un viaje duro, tuvimos suerte, ya que no murió ninguno de nosotros. Tras capturanos la policía española, estuvimos unos días en Las Palmas, nos metieron en un avión y nos devolvieron a Senegal».

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