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Editorial

Ley de extranjería: un año después

Un año después de la entrada en vigor de la ley de extranjería, las cosas no parecen haber cambiado de forma substancial. Mientras desde el Gobierno se aduce su eficacia e idoneidad, organizaciones, partidos políticos y centrales sindicales argumentan que la situación al respecto es aún peor que tiempo atrás.

Entre las distantes posturas un hecho se perfila como evidente: y es que los conflictos se multiplican, sucediéndose a diario. Por ceñirnos tan sólo a lo ocurrido en los últimos días, podríamos hablar de los heridos registrados en Almería cuando la policía cargó para disolver una concentración de inmigrantes que clamaban por su regularización, de los 200 «sin papeles» que se hallan retenidos en Fuerteventura y han empezado a ser «devueltos» a Marruecos, o de la constante llegada de pateras a través del Estrecho, o a tierras canarias. Todo ello en el plazo de una semana, lo que parece dar la razón a quienes no han dejado de criticar la ley desde el primer instante. Es innegable que existe atasco "o parálisis" administrativo, desorden general y una absoluta falta de medios de integración de los inmigrantes. Las pateras, insistimos, continúan llegando "en 2001 un 18% más que en 2000" aportando la fuerza de los hechos al tema en discusión y negando rotundamente la tesis del Gobierno, que calificaba de «coladero» la antigua ley y establecía que con la nueva todo sería distinto.

Lo cierto es que la problemática que rodea a la inmigración se ha robustecido. No se han puesto en marcha las medidas de integración previstas, ni los programas sociales correspondientes, a la vez que se ha originado un problema mayor. Nos referimos a la nueva situación que viven los inmigrantes objeto de un expediente de expulsión, ya que al no ejecutarse éste en la inmensa mayoría de casos, aquéllos no pueden acceder a la regularización, ni tampoco a una oferta de trabajo. En suma, una situación caótica que lleva a algunos a afirmar que la ley del PP sólo está aplicándose en su vertiente policial. Y eso es, justamente, lo peor que podía ocurrir.

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