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Editorial

Planes para después del combate

A estas alturas, cuando todavía resulta prematuro hablar de lo que será el conflicto, en las altas esferas diplomáticas ya se especula acerca de lo que ocurriría tras su desenlace. Así, desde Washington se teme por la «continuidad» de las fronteras hoy existentes en Asia Central después de una más que probable acción militar contra Afganistán. El presumible derrocamiento del régimen de los talibán podría convertirse obviamente en una inquietante oportunidad para unos vecinos de los afganos "Irán, Rusia, China y Pakistán" que entrarían en liza para hacerse con el control de parcelas de un territorio que inevitablemente conocerá un más o menos temporal vacío de poder. Ello, sin menospreciar el riesgo existente de que el ataque norteamericano determine que la violencia se extienda en la zona. Es por ello que muchos, y a la cabeza de ellos los rusos "no olvidemos que las repúblicas que fueron soviéticas situadas al norte de Afganistán constituyen una especie de puerta de entrada a Rusia", insisten en la necesidad de que la guerra presente también una vertiente diplomática más allá de la militar que contribuya a la eliminación de futuros conflictos. Todo ello confluiría, y no sabemos si afirmar que lamentablemente, en una especie de retorno a la «guerra fría» que tal vez los Estados Unidos estarían «añorando» desde que se quedaron solos como única potencia realmente hegemónica. Para los intereses norteamericanos resultaría conveniente el retorno a ese papel de protectores constantes de Occidente ante un peligro, en este caso más desdibujado que nunca. Se recuperarían el espionaje de corte clásico, las intrigas de cancillería y también, desgraciadamente, los golpes de mano y efecto que no exigirían justificaciones excesivamente pormenorizadas. El liderazgo del gran país americano se convertiría en más evidente que nunca. Algo que inexorablemente despertaría los recelos de las grandes potencias de segunda fila, en caso de que no hubieran sido suficientemente «aleccionadas» para aceptar ese cometido. En cualquier caso, la sutil diplomacia tiene la palabra.

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