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Adiós a las vacaciones mallorquinas

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El verano calienta para todos, o para casi todos, si nos olvidamos de los muchísimos trabajadores que se mantienen en guardia durante la estación vacacional por excelencia para que a los demás (gran ironía) les salgan redondas las vacaciones. Y si en los meses de estío los famosos se relajan más que nunca, no se quedan atrás los ciudadanos de a pie, expertos en sacarles todo el jugo a los días de asueto por aquello de la larga espera y del esfuerzo económico que suponen.

Aquí no hay inauguraciones a puerta cerrada ni fiestas importantes, barcos imponentes o selectos desfiles de moda. Hablamos de las vacaciones veraniegas de la inmensa mayoría, que, como mucho, dan para hacer un pequeño viaje con la familia o los amigos y, eso sí, intentar disfrutar a tope, minuto a minuto, de lo que ha costado tanto conseguir.

La playa se convierte, especialmente donde el calor aprieta, en la opción número uno. Relajarse sobre la arena con el sonido del mar de fondo es una buena manera de no hacer nada. Y es que las vacaciones consisten muchas veces en eso: en encontrar el contrapunto a tanto ajetreo diario. Una buena paella a pie de playa o unas cañitas a la sombra del chiringuito más cercano ayudan a matar las horas a los menos playeros.

Recorrer los alrededores de las zonas turísticas, a ser posible en bici, es otra posibilidad. Se apuesta por la vida sana, aunque sea por unos días, y se sigue teniendo la posibilidad de probar algunas de las excelencias culinarias del lugar y de acabar de un plumazo con las compras para los que se quedaron en casa.

Y si el día sale nublado tampoco se pierde nada, o en todo caso la posibilidad de un día más de coger bronce. Queda la ciudad: un espacio que recorrer de iglesia en iglesia, de monumento en monumento, de museo en museo e incluso de tienda en tienda, a la espera, otra vez, de que el calor afloje y caiga la noche para lanzarse al disfrute de otro de los encantos mallorquines: las terrazas.

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