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Bahía de Cochinos: más que una invasión, una chapuza

Dos testigos de aquel suceso, piloto uno e inspector de aduanas el otro, y ambos vinculados con Mallorca, la rememoran cuarenta años después

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El desembarco cubano en Bahía Cochinos fue una chapuza. Concebido a conciencia a finales de agosto de 1960, en la recta final del mandato de Eisenhower, que veía a la Cuba de Castro como la gran amenaza, fue pésimamente ejecutado por la recién llegada Administración Kennedy, más preocupada de que no se viera su mano detrás de toda la trama a que ésta saliera bien. Así lo considera Jack Hawkins, nombrado por la CIA jefe del Estado Mayor Paramilitar del Proyecto Cuba, a las órdenes del senador Jacob Esterline, quien durante 35 años mantuvo su juramento de no desvelar la información clasificada hasta que en 1996 ésta fue desclasificada. Asegura Hawkins que la Operación Bahía de Cochinos fue condenada por la indecisión y falta de compromisos presidenciales.

A lo largo de un no muy extenso relato, Hawkins pone al descubierto los errores del presidente Kennedy, inmerso en un mar de dudas que en todo momento le hicieron cambiar sus decisiones, y que llevaron esta operación al desastre total. Hoy, numerosas personas que vivieron aquellos acontecimientos, dan la razón a Hawkins.

Franklin Alberto Argilagos, delegado para Balears de la Fundación Cubano Norteamericana, vivió aquellas jornadas en La Habana. «Era inspector de aduanas y estaba como segundo jefe de distrito». Tras reconocer que «esperaba ansiosamente aquel ataque», recuerda como si fuera hoy «que el día 15 de abril hubo bombardeos aéreos a bases cubanas por parte de aviones pilotados por cubanos residentes en Miami». En esos días, junto con otros miles de cubanos, fue detenido por sospechoso de ir contra el régimen y conducido al castillo de la Punta, «y junto con otros 30, nos metieron en una habitación de apenas 15 metros cuadrados. En un extremo había un cañón por el que a veces salía agua, y en el otro un hoyo en el que hacíamos las necesidades. Para lograr un poco de privacidad, tres o cuatro se ponían delante del que hacía una deposición, mientras que los demás encendían un cigarro para, con el olor a tabaco, contrarrestar el hedor que salía de aquella letrina. Luego nos trasladaron al Castillo del Morro, bajándonos a lo más profundo de los fosos, donde por la tarde entraba el agua del mar cubriéndonos hasta la cintura, sintiendo de vez en cuando las mordeduras de los cangrejos».

De aquel hoyo salieron cuando Castro pensó que había pasado el peligro. «Yo, incluso, pude regresar de nuevo a mi trabajo, como si nada hubiera ocurrido» Sobre si fue una chapuza aquel desembarco, Franklin cree que sí: «Estuvo bien planificado por parte de Eisenhower, pero Kennedy lo desarrolló muy mal. Se equivocó ahí y también cuando meses después, a cambio de que los rusos retiraran los misiles de Cuba se comprometió a no atacar jamás la isla.

Eduardo Ferrer vive en Miami y ha sido presidente de la Asociación de pilotos cubanos en el exilio. Nieto e hijo de mallorquines, «mi abuelo se llamaba Bartolomé Ferrer Serra y era de Artà, y mi abuela, que era de Felanitx, se llamaba Maria Ferrer». Eduardo voló ese día, 17 de abril del 61, sobre Bahía Cochinos comandando una escuadrilla de aviones, cinco C-46 y cuatro C-54, «en los que transportábamos paracaidistas y utensilios de guerra. Yo hice dos incursiones. Llegábamos rápidos, descargábamos desde el aire, y regresábamos a Puerto Cabezas, en Nicaragua, una de las dos bases en que habíamos entrenado desde que se preparó la invasión. La otra "añade" era Retalhuleu, en Guatemala».

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