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Tocando techo con la mágica voz de Al Jarreau

FERRAN PEREYRA

Lo había advertido en rueda de prensa, y así fue. Nada más finalizar «Your Song», de Elton John, esa estupenda carta de presentación que sirvió al público para asimilar el sentido y concepción vocal de Jarreau, inició la constante implicación del respetable. Porque si algo tiene en cuenta este gran artista es, precisamente, al espectador, al que involucra con la finalidad de convertirlo en el cómplice más receptivo.

La verdad es que había que captar esa atención tan dispersa por el marco, sorpresivamente bello, donde se desarrollaba esa jornada de unas «Noches Mediterráneas» que abandonaban su habitual feudo de Valldemossa para recalar en una fortaleza del siglo XVII recientemente recuperada por iniciativa privada y por la que me temo que debe pagarse una importante suma del abultado presupuesto público -es decir de todos- que cuesta el ciclo musical. Ahora bien, la espectacularidad del entorno, en Pollença, y del evento resulta innegable; tan sólo enturbiado por la gran incomodidad de un transporte insuficiente que obligó a interminables esperas. Fue el peaje añadido a una entradas, ya de por sí, a precio muy poco popular.

Es posible que «Noches Mediterráneas» hayan tocado techo en su exclusividad. Se manufactura una propuesta en exquisita concordancia con un programa selecto; pero el inconveniente radica en que la selección del público pasa por su nivel económico y eso siempre perjudica a la inmensa mayoría.

Aunque para los afortunados, valió la pena, Jarreau demostró la auténtica magia de la voz cuando se transporta mucho más allá del canto con escat para convertirla en un instrumento. Uno más que rivaliza e intercambia constante diálogo con el resto, de igual a igual. Y les aseguro que la banda presentaba unas credenciales musicales envidiables.

Pero no sólo la voz entra en otra dimensión con el cantante, lo hace también la música. Transgrede géneros y estilos para hermanar el pop, el blues, el soul y el jazz en un único punto convergente capaz de referenciar a Cocker, Desmond o Ellington. Lo viene haciendo desde hace más de cuarenta años y, oído lo oído, sigue bordándolo de forma magistral y en directo, que les voy a decir, soberbio.

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