JAUME POMAR
Le conocimos en Sóller y en Palma algunos de los representantes de la generación de los 60 (Bar Bruselas, antifranquismo, jazz, primeras borracheras). Por aquel entonces, 1967-68, Alan Sillitoe (Nottingham 1928) pasaba temporadas en Mallorca con su esposa, Ruth Fainlight, destacada poetisa norteamericana. El escritor había conseguido éxitos de crítica y una notable proyección internacional con sus dos primeros libros: «Sábado noche y domingo mañana» (versión castellana en Joaquín Moritz, 1965) y «La soledad del corredor de fondo» (Seix Barral, 1962). «Sábado noche...», escrita en Mallorca durante una primera visita, que va de 1953 a 1958, alcanzó un gran éxito al pasar a la pantalla en un film dirigido por Karel Reisz e interpretado por Albert Finney.
La novela «La soledad del corredor de fondo» pasó también al cine, dirigida por Tony Richardson e interpretada por Michael Redgrave, Tom Courtenay y Julia Foster. Ambas películas son de principios de los sesenta. Y aún encontramos referencias de su estancia en Mallorca en la novela «La muerte de William Posters» (1965), donde describe, en media docena escasa de páginas, el valle de Sóller.
Volví a encontrar, brevemente, hace más de seis años, al matrimonio Sillitoe-Fainlight en el Teatro Principal de Palma, con motivo de un acto en memoria de Robert Graves. Ahora me han recibido en su casa de Londres, en el 14 A de Ladbroke Terrace, una casa de pisos que antes fue residencia unifamiliar aristocrática. Nos recibe cordialmente en el rellano de la escalera con un saludo en mallorquín:
-Bon vespre, Jaume, és un poc feixuga aquesta escala.
Acomodados en un salón, con libros hasta el techo, pinturas, grabados, esculturas y cerámicas, empezamos hablando de Mallorca.
-Mi experiencia de vida en Mallorca la he recogido, de manera bastante detallada, en mi primer libro de memorias «Life without armour» (1995), «Vida sin armadura», diríamos, que aún no se ha traducido al castellano. Durante mi estancia en Sóller escribí bastantes artículos y un libro de viajes sobre Mallorca que no llegó a publicarse. Posiblemente no era lo bastante bueno. También volví a la Isla hace unos cinco años para escribir sobre los restaurantes.
-De aquel tiempo, los años cincuenta, data su amistad
con el poeta Robert Graves, ¿no es así?
-Efectivamente. Yo le mandé unos poemas, que él me criticó de
manera rigurosa, y un día me aconsejó que escribiera sobre mi mundo
de juventud en Nottingham. Así fue como surgió «Sábado noche y
domingo mañana». Con mi esposa le visitábamos en Deià, haciendo el
camino desde Sóller, a veces en bicicleta, pero muy a menudo a pie:
diez kilómetros de ida y otros diez de vuelta.
-En el 2002 se publicó la continuación de «Sábado
noche...», muy esperada por su público.
-Sí, se trata de «Birthday», «Cumpleaños», pero, en esta ocasión,
se observan aquellos mismos hechos desde la perspectiva de otra
realidad. La primera parte da la visión de los 22 años y la
segunda, de los 65 años.
-En 1968, mientras preparaba un guión sobre la vida del
Che, usted me contaba que antes de ponerse a escribir leía
fragmentos de la estrategia guerrillera del general Giap, dirigente
militar de la resistencia del pueblo vietnamita.
-No es el caso ahora. Hoy esto me parece una idea sobrepasada por
el movimiento de la historia. El mundo, hoy por hoy, es algo muy
diferente, es otra cosa. Ahora la preocupación fundamental se
centra en el enfrentamiento peligrosísimo entre el Islam y
Occidente. El mundo ha cambiado.
-Pero usted aún fuma en pipa Dunhill tabaco
Virginia.
-Bueno, ésta de hoy no es Dunhill, es Peterson, pero sí, a mis 77
años no he sabido ni querido renunciar al buen tabaco en una buena
pipa.
-Este mundo de hoy parece impulsar al éxito y a la
ambición como valores supremos. Por este motivo a veces releo «La
soledad del corredor de fondo» y de nuevo me identifico con el
narrador en Borstal, el establecimiento penitenciario para la
regeneración de jóvenes delincuentes.
-Bien, yo también creo que la ética de este relato sigue tan
vigente hoy como cuando lo escribí. De hecho yo exploraba allí mi
sentido de la soledad, de la subjetividad, de la individualidad,
incluso cuando se paga un precio elevado por mantener una actitud
arraigada y auténtica.
-El narrador no querrá ganar la carrera, pero el castigo
será tener que trotar con sacos de basura. Había, en aquella
actitud de desprecio hacia el triunfo, una voluntad de cambiar los
esquemas establecidos.
-Así es, pero el mundo es muy complejo, todo es muy complicado. A
veces pienso que en aquellos momentos pretendíamos cambiar el mundo
y, a la larga, habrá resultado que el mundo nos ha cambiado a
nosotros, o casi casi.
-¿Se impone una nueva ética de la situación, tal vez
integrarse?
-A mi modo de ver las cosas han cambiado. Y la integración no me
parece ya un pecado, tal vez se impone adaptarse. Actualmente yo
veo los mayores peligros en los fundamentalismos, tanto si son
islamistas como si son cristianos. Ambos pueden hacer mucho daño a
la humanidad.
-¿Y el liberalismo económico? ¿Y el imperialismo
norteamericano?
-Sus controles son también sospechosos. Pero la visión de hoy es
forzosamente muy otra. El marxismo ha muerto y, por tanto,
cualquier idea de revolución no tiene mucho sentido. Algún
resquicio de esperanza queda aún, una cierta idea de utopía, pero
la cosa está muy difícil. Las esperanzas no son alentadoras. En
estas circunstancias, se impone aceptar que alguien debe controlar
todo esto y el mejor deseo es que quien controle el mundo no sea el
peor.
-Tenemos, también, la amenaza constante de la
guerra.
-El momento actual es difícil de entender. Pero yo me sitúo con los
que creen que la ocupación de Afganistán y de Irak ha representado
más libertad. Pienso que la «paz americana» no es igual que la «pax
romana». América aporta un principio de democracia, y en este
sentido me desmarco de tantos intelectuales que siguen alimentando
un antiamericanismo a ultranza. He creído observar que la gente
normal y corriente considera una tontería odiar a Bush.
-Consecuentemente, le supongo también a favor de Tony
Blair.
-¿Qué puedo decirle? Esto es lo que hay y, en estos momentos, es lo
mejor que tenemos. Mi actitud en las elecciones de mayo sería votar
por Blair, que ha hecho muchas cosas bien y lo que no es posible es
hacerlo todo de una vez. Hay que darle más tiempo y, sobre todo,
hay que pensar en la gente corriente, que no ve las cosas con
esquemas ideológicos.
-Sospecho que, como diría Pablo Neruda, «nosotros, los
de entonces, ya no somos los mismos». Enterrado el marxismo, en
pleno auge del liberalismo económico, ¿qué alternativas tiene hoy
la izquierda?
-La pregunta es muy buena, pero no tiene una fácil respuesta.
Piense que, a la larga, después de aquellos años agitados en que
nos conocimos, ha resultado que los escritores ingleses no somos
escritores políticos. Mi pensamiento actual me lleva a pensar que
el concepto de evolución es mejor que el de revolución, porque
evita una gran cantidad de sufrimiento.
-¿Vamos abocados, pues, al triunfo del
individualismo?
-Es inevitable. Vivir en el mundo de hoy implica querer ser un
individuo, con bastante personalidad y criterio para no dejarse
influenciar por la prensa y toda la monstruosidad mediática que
constantemente nos bombardea el pensamiento. Es lícito, yo diría
que obligado, querer ser alguien con criterio, alguien que no
acepta ser manipulado por toda la información contradictoria que
nos llega de fuera. Hay que aprender a ir pensando cada uno por sí
mismo en la búsqueda de lo que es bueno y es justo. Debes aprender
a hacer tu propio bien hasta que llegues a ser tú mismo. La idea de
las masas ha caído en el descrédito, es un concepto abandonado;
ahora es el tiempo de los individuos. El gran error del movimiento
de masas fue no reconocer la importancia del individuo.
-Alan Sillitoe publica volúmenes de poesía cada cinco o
seis años. Yo los desconozco por ignorancia del idioma, aunque me
consta que son valorados en el mundo anglosajón.
-Ahora mismo estoy preparando un volumen de cincuenta poemas
inéditos que se publicará muy pronto. Robert Graves siempre decía
que los únicos temas fundamentales de la poesía son el amor y la
muerte, y mi poesía se suele mover dentro de estas temáticas. Se
puede hacer poesía sobre otras cosas, pero siempre el amor y la
muerte permanecen de una manera u otra.
-También el paso del tiempo, como propugnaba T.S. Eliot,
poco apreciado por Robert Graves.
-Es cierto, también el paso del tiempo. Yo también soy admirador de
Eliot.
-Creo que en el campo narrativo usted ha profundizado en
un aspecto muy importante de la literatura española: la
picaresca.
-Así es. Sigo fiel a unos autores que, desde siempre, me han
apasionado, como Stendhal, Conrad, Hemingway, Jaroslav Hasek,
creador de «Los destinos del buen soldado Sveijk» durante la Guerra
Mundial, el Tom Jones de Henri Fielding y algunos ingleses del
XVIII. También me he sentido fascinado siempre por el mundo de la
picaresca española, muy especialmente por «El lazarillo de Tormes».
He explicado en alguna conferencia cómo la picaresca española
inundó con sus ideas muy distintos dominios literarios europeos. Mi
próxima novela estará muy influida por la picaresca, que también he
percibido en «Las aventuras de Felix Klull», de Thomas Mann, un
relato que inició en 1922, fue proseguido en 1936 y finalizado en
1954, poco antes de morir. Tiene humor y comicidad en sus
situaciones combinada con una corriente de tristeza estoica.
-Mann abandonó el relato de Felix Klull absorbido por
aquella obra gigantesca, «La montaña mágica», donde Naphta y
Settembrini dialogan desde el sanatorio de tuberculosos. Naphta,
transposición literaria de György Lukács, se ha dicho, afirma allí:
no es la felicidad lo que nos espera, sino el
terror.
-Sí, lo dice, y me parece muy pesimista. Aunque puede también ser
realista, es posible que esto vaya a ocurrir, como ha ocurrido
otras veces.
-En Hiroshima y Nagasaky.
-Sí, es cierto. Yo, sin embargo, soy por naturaleza más optimista.
Es mucho mejor, para poder escribir, dejar un resquicio abierto a
la esperanza. Ya pasé, en su momento, por verlo todo negro. En los
años 60, cuando empezaba una novela, me preguntaba si tendría
tiempo de terminarla o vendría antes la bomba. Ahora me pregunto,
simplemente, si tendré tiempo de acabarla o vendrá antes la
muerte.