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Boxeo

Muhammad Alí, el profeta de Dios

El legendario boxeador estadounidense ha sido designado mejor deportista del siglo por numerosos medios de comunicación

«Float like a butterfly, sting like a bee». Vuela como una mariposa y zumba como una abeja. Este es el lema que utilizaba como boxeador quien a juicio de los especialistas ha sido el púgil del Siglo XX. «Soy boxeador por la voluntad de Dios. Por eso soy bueno». Con estas palabras me recibió Muhammad Alí en su vestuario del circo Kroner de Munich (Alemania), la víspera de un combate frente al inglés Richard Dunne en el que retuvo, por enésima vez, la diadema de los grandes pesos. Eran momentos en que el boxeador de Louisville se creía ungido por el Sumo Hacedor. Estaba convencido de que era boxeador por la voluntad de Dios. No rehuía ninguna oportunidad para hacer proselitismo: «Me siento orgulloso de ser musulman negro. Orgulloso de ser un servidor de Dios, aunque sea bailando y pegando puñetazos sobre un ring».

Personaje curioso este Muhammad Alí, un mito que en su fuero interno desprecia la herencia de «showman» que le dejó Cassius Clay, porque son un mismo hombre con distinto espíritu. La transformación me la contó como quien cuenta una confidencia a un amigo: «Un día, paseando por una calle de Nueva York, le oí a un hombre unas palabras que de repente dieron significado a mi vida. Entendí ese día que el mundo está dominado por los blancos y que los negros no tenemos nada. Jesucristo es blanco. La Vírgen María es blanca. Los ángeles son blancos. Por no tener los negros no tenemos ni nombre propio, por lo que decidí cambiar mi nombre de esclavo, Cassius Clay, por mi nuevo nombre de hombre libre, Muhammad Alí, que significa el Profeta de Dios. Me hice musulmán negro y desafié el poder de los blancos negándome a ir a Vietnam».

Hablamos un buen rato. Muhammad Alí estaba tendido en un sofá negro y lucía una bata blanca, como si quisiera hacer patente la paradoja en que había convertido su vida. Profundamente violento en el ring. Profundamente creyente en la vida. Desprovisto de los guantes de crin parecía una persona que no había roto nunca un plato. Por eso, cuando le pregunté que me definiera en tres asaltos (verbales, faltaría más) su ideario, me respondió así.

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