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La condena al sector público balear

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Hace un año, el gobierno socialista de Francina Armengol presentó el mayor presupuesto de Baleares de la historia. La presentación, el lenguaje, la dinámica de los protagonistas y el propio marco contextual en el que se mueve la política demuestran que para todos, más gasto es mejor. Por eso el proyecto se presentó como si fuera un triunfo. El Partido Popular, por entonces en la oposición, no podía sino criticar ese gasto. Uno no sabe si es que estaba en contra por su dimensión o porque es inconcebible que la oposición acepte que el gobernante puede haber hecho algo bien.
Ahora, con los papeles intercambiados, Toni Costa, el mismo que el año pasado tuvo el encargo de criticar el presupuesto socialista, acaba de presentar el techo de gasto de los presupuestos autonómicos de este año, prácticamente igual que el de los socialistas y, sobre todo, presentado con la misma dinámica de que más es mejor. Iago Negueruela, el socialista que parece estar destinado a liderar estos cuatro años de travesía del desierto, le recuerda a Costa, con toda la razón, que el Partido Popular está reconociendo que la del año pasado era una crítica vacía.

En realidad, no es que la crítica fuera vacía, es que carece de norte. Qué gasto queremos es una de las cuestiones que hay que replantearse porque es eso y no lo simbólico lo que tendría que ocuparnos ¿Tiene sentido que Baleares gaste otra vez siete mil millones de euros? La respuesta no necesariamente tiene que ser negativa, pero sí tiene que surgir tras un análisis, un estudio, una explicación. Eso es lo que diferencia una política madura de una chapuza improvisada.
En total, en este año, Baleares produjo unos 30 mil millones de euros. Es la riqueza que tenemos, lo que el conjunto de la economía nos da. Que el Govern gaste una quinta parte de todo eso es importante. Y no hemos de olvidar que a ello hemos de sumarle el gasto de otras administraciones públicas, no sólo aquí en las Islas, porque también nosotros pagamos la estructura europea, o la embajada en Japón, o el pitorreo del ministerio de Igualdad, o Eurovisión. Todo sumado, el peso del sector público es realmente significativo. Aunque la dimensión no es lo más importante.

El principal problema no es el volumen sino su oportunidad, dada la enorme ineficiencia en la gestión. Que sea la EMT quien nos dé el servicio de transporte en Palma es una ruina: carísimo y deficiente. Podríamos obtener lo mismo por mucho menos o un servicio mejor por el mismo precio. Y eso se extiende a todo lo que hace el sector público. Recuerdo, por citar otro ejemplo, que cada niño que estudia en el sistema público nos cuesta el doble que en la concertada, la cual claramente no es la mitad de buena.

Sin embargo, el Partido Popular hace lo de siempre: ocupa los cargos –lo trascendental–, mira qué se gastaba y le añade la inflación. Y a partir de ahí, veremos. Puro continuismo.
Vean el presupuesto público de Baleares desde otra perspectiva. Desde 2006 a hoy la inflación ha sido del 39 por ciento. O sea que si el gasto del Govern hubiera pasado de los 2.713 millones de 2006 (cuando ya tenía las competencias en Sanidad) a los 3.800 millones hoy, estaríamos en un crecimiento prácticamente cero. Si gestionaran bien, deberían haber obtenido ahorros, como ocurre en el mundo privado, y haber mejorado en calidad. Pero no, el presupuesto de Baleares creció un 263 por ciento, hasta alcanzar este año más de siete mil millones.

No existe organización alguna capaz de interiorizar ese aumento del gasto y menos los funcionarios, en quienes hemos instalado la idea de que el dinero sobra y que los ahorros son para los pobres.
¿Alguien ha notado una mejora de nuestra calidad de vida que explique este tremendo nivel de gasto? Si no estamos peor, desde luego, no notamos tal dispendio. He aquí los pecados de nuestros políticos y el desgaste de la democracia: por parte de la izquierda, negar que el sector público es ineficiente. Es falso que el debate tenga que ser entre dar servicios públicos o no sino entre darlos a costes aceptables o alimentando los privilegios a veces mafiosos de empleados públicos que son auténticos enemigos del sistema.

Por parte del PP, buscar los cargos, gestionar con un poco de esmero y esperar un milagro para seducirnos. Y no hablemos del ridículo de Vox, cuyo libertarismo, si es que existe, se queda en la teoría, en el blog, en la cháchara. Vox merece una reprimenda mayúscula por dar la tabarra en las campañas electorales y ahora callar como muertos ante esta flagrante contradicción.
Defender al sector público es hacerlo ejemplar. Lo contrario, lo actual, es condenarlo, por mucho que no sepamos la fecha de la ejecución.

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