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La suerte del apestado

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No me puedo ni imaginar el gusto que tiene que dar el hecho de, siendo un apestado, tener el poder en las manos. Lo digo por el señor Puigdemont, prófugo separatista de renombre universal. Tiene que ser la gloria. Que nadie te pueda ver ni te soporte –salvo los tuyos, lo que comúnmente se conoce por «los nuestros»– y que, sin embargo, tu palabra sea la más importante a la hora de decidir quién va a gobernar un país, tiene que producir un placer inigualable, me figuro. Ahora, el desterrado –o exiliado– se va a permitir el lujo de desvelar, minutos antes de la hora señalada, si negocia o no negocia. ¿Es posible una mayor satisfacción política? Y mucho más teniendo en cuenta lo que la mayoría piensa de él. Vamos, que se trata de un recochineo como la copa de un pino. A mí me parece fantástico, puesto que, si tengo que elegir, siempre me pongo al lado del apestado. No lo puedo evitar (quizás porque le entiendo mejor que a un triunfador). Y estos días aún más, porque, en serio, ya está bien de jugar con los votantes. Ya lo decía Charles Bukowski (que, por cierto, ayer habría cumplido ciento tres años): «La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer las órdenes». Pocas veces como esta última hemos visto a nuestros políticos tomarnos el pelo intentando convencernos de que el pueblo tiene el poder. ¿Dónde?, me pregunto yo. Pronto se cumplirá un mes de las elecciones, ese sofocante domingo en que la gente se molestó en ir, chorreando, a celebrar la fiesta de la democracia. Vaya fiesta. Qué birria. No entiendo nada. ¿Qué están haciendo con los votos de la gente? Al final, después de soportar con dignidad una campaña más y acudir a las urnas (ya no sé si convencidos o más bien por el qué dirán) tenemos que soportar ver a nuestros dirigentes jugando y divirtiéndose en el patio. La verdad es que no tienen perdón. Menos mal que siempre nos quedará Bukowski. Para mí que Bukowski fue un genio, un fuera de serie que, no sólo escribía como Dios, sino que no tenía un pelo de tonto. Y, como era un borracho, si ahora estuviera en nuestro lugar me imagino que esperaría el resultado de la subasta (la palabra del apestado) en algún oscuro bar de mala muerte. Bebiendo.

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