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Pandemia de coronavirus

«No hay peor ciego que el que no quiere ver»

| Palma |

Nunca antes el ser humano ha tenido a su disposición tanta información. Por hablar específicamente de la pandemia cualquiera puede hoy consultar los estudios originales hechos por los científicos de todo el mundo tanto sobre la enfermedad y sus efectos como sobre las vacunas. También están accesibles las incontables críticas y cuestionamientos a lo que se está haciendo, de manera que no nos falta datos    para hacernos una idea. El «derecho a la información» que finalmente hemos incorporado al ordenamiento jurídico, que pretende amparar al ciudadano de a pie al que las élites dominantes mantenían al margen, hoy, ahogados en datos, es redundante, innecesario. Por el contrario, el problema de la humanidad es el contrario: exceso de información. Disponemos de tantos análisis sobre el Covid, de la expansión de la enfermedad, de las políticas adoptadas, de los tratamientos, de las vacunas y de sus efectos, que resulta extremadamente difícil orientarse. Diríamos, de alguna manera, que vamos a terminar maldiciendo ese derecho a conocerlo todo. Estamos ahogados en información.

Información

Observen qué situación la de Austria: tiene una población formada, culta, capaz de entender varios idiomas, perfectamente situable en el segmento de los más pudientes del mundo. Disponen los austriacos de toda la información posible para conocer con precisión qué ocurre con el virus, especialmente hoy, cuando ya llevamos año y medio de convivencia con él. Podemos decir que muy pocos otros ciudadanos del mundo están en mejores condiciones para entender qué está ocurriendo. Sin embargo, su gobierno, impotente ante la tremenda oleada de escépticos que rechaza la vacunación, ha tenido que ordenar un nuevo confinamiento y la inoculación obligatoria. En otras palabras, se impone por ley, en contra de la voluntad de una parte significativa de los ciudadanos, una solución que viene a ser una lectura de esa información, en detrimento de otras. La vacunación obligatoria da por válida una solución a la epidemia, en contra de lo que cree una parte de la sociedad.

Yo no comparto la obligatoriedad de la vacuna, pero estoy absolutamente de acuerdo en que la vacunación, aunque imperfecta, es hoy por hoy el único remedio ante la epidemia. Sin embargo, aquí lo interesante socialmente ese cómo, pese a que tenemos tantas evidencias indiscutibles en favor de las vacunas, una parte sustancial de una población formada, a partir de un pensamiento mágico, ilógico, irracional, defiende lo contrario. Que esto mismo ocurra en Bulgaria o en Rusia, cuyas autoridades nunca fueron fiables, se comprende mejor, que suceda en Austria es mucho más un síntoma de un problema nuevo, hasta ahora desconocido, que de la falta de información.

Problema

Desde Dominique Wolton a Paul Virilio, empiezan a ser numerosos los sociólogos que detectan que hoy el problema de nuestra sociedad no es el acceso a los datos sino el conocimiento, que es el paso siguiente, es qué se hace con esa información, cómo se procesa, cómo se entiende, cómo se enmarca, cómo se contextualiza. En definitiva: los ingredientes del conocimiento están, pero el problema es cómo leemos el mundo con esos datos. Este es un asunto extremadamente apasionante: tenemos información con la que armar una narrativa verosímil en cualquier sentido, a favor o en contra; entonces el problema ya no está en ese material de base sino en cómo lo procesamos, en qué comprensión –conocimiento– construimos. Hay muchos estudios que nos explican con detalle lo que en lenguaje popular se resume en que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Es decir: el ser humano tiene una increíble capacidad para moldear los datos, la información, para satisfacer sus ideas previas, para adaptarlos a su propia narrativa. El pre-juicio como condicionador. A partir de un punto, da igual la verdad, el obcecado la bordeará.

El punto crítico del ser humano se resume en: ¿hasta dónde somos capaces, confrontados con datos ciertos, constatables, de rectificar nuestros pensamientos previos? Esta flexibilidad es la base de la democracia, de la convivencia, de la paz, del progreso. Observemos que no necesariamente los más cultos son los más flexibles. Observen sin embargo que nuestra sociedad condena como «chaquetero» al que evoluciona, al que cambia, y premiamos al que persiste en su empecinamiento, en sus posturas. Algo aquí merece una reflexión. O, al menos, nos obligaría a admitir que la civilización no supone haber avanzado mucho desde la época de las cavernas.

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