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Tremendismo

| Palma |

Los ingleses inventaron en el siglo XVIII el sensacionalismo periodístico, del que todavía ahora son grandes maestros, y poco después, ya en el XIX, los rusos lo elevaron a arte literario por medio de colosales novelas sensacionalistas a la manera de Dostoievski, aunque ellos, más espirituales, no lo llamaban así. Se llamaba el alma rusa, o el alma del pueblo ruso, y normalmente tenía el aspecto de un samovar caliente con infiernillo y chimenea. Puro sensacionalismo, incluso en el té. También en el siglo XIX, los franceses (Zola, acaso el escritor más feo de mundo) inventaron el naturalismo, un paso al frente en el mismo realismo sensacionalista, pero naturalmente y tratándose de franceses, de apariencia mucho más intelectual. Los franceses logran resultar intelectuales con una colilla en la comisura y los calcetines agujereados, o metiéndose un cruasán en el bolsillo, que son las bases del naturalismo. Pero a los escritores españoles, de natural muy costumbristas, tanto el sensacionalismo como el naturalismo les sabían a poco, casi a cursilada, y en su afán de decir las cosas como son, y al pan, pan, y al vino, vino, replicaron ya en los años cuarenta del siglo XX con el tremendismo. Un género muy rudo, entre rural y suburbial, que tras tomarse a la tremenda todas las miserias morales y físicas del naturalismo, y la decidida intención sensacionalista del sensacionalismo, las impulsó con gran desgarro de vestiduras hasta el infinito y más allá. Si no es tremendo no es sensacional, es que no me he expresado bien, murmuraban los tremendistas. Pero no había peligro de que tal cosa sucediese, y poco a poco nuestro tremendismo literario se expandió a diversos ámbitos, como la política, la judicatura, la prensa y las costumbres, que para qué nos vamos a engañar, son como son. Tremendas. Hace casi un siglo que inventamos este género narrativo, nuestra gran aportación cultural al mundo, y en este momento se encuentra en su apogeo formal. No hay manera de salir de él, todo es tremendo. Sin embargo, no conviene tomarse este fenómeno a la tremenda, como hizo el presidente Sánchez, porque eso refuerza y multiplica nuestro tremendismo interior bruto. Como era de prever.

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